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Gabriela Quiroz
Guest
El acuerdo comercial entre el Mercosur y la Unión Europea no es un hecho aislado. Llegó en un momento en que el comercio internacional vuelve a ser un instrumento de poder y no solo de crecimiento económico. Para Ecuador, miembro asociado del Mercosur y firmante de un acuerdo propio con la UE, el mensaje es claro: el tablero global se sigue reordenando.
Desde una primera lectura, el tratado Mercosur-UE fortalece a Sudamérica como bloque. Amplía el acceso al mercado europeo, reduce barreras y envía una señal política a favor del multilateralismo.
Además, el país ya compite en el mercado europeo con reglas propias. Exportaciones como banano, camarón, flores y cacao ingresan bajo un acuerdo vigente con la UE.
El nuevo tratado puede intensificar la competencia desde economías más grandes del Mercosur, pero también abre oportunidades para encadenamientos regionales, integración logística y una región más atractiva para la inversión.
El contexto internacional añade, no obstante, un elemento de incertidumbre. Mientras en Paraguay se concretaba el acuerdo, Donald Trump volvió a sacudir el comercio global con amenazas de nuevos aranceles a países de la Unión Europea, condicionadas a un acuerdo sobre Groenlandia.
Más allá de lo anecdótico, el mensaje fue directo: la política comercial puede convertirse, otra vez, en un mecanismo de presión geopolítica.
En ese escenario, la postura ecuatoriana buscó marcar distancia del conflicto. Desde el Foro de Davos, el presidente Daniel Noboa llamó al diálogo entre Estados Unidos y Europa. “Ojalá esto se resuelva hablando, no imponiendo”, dijo el mandatario. La frase no fue retórica. Refleja la posición de un país pequeño que depende del comercio abierto, de reglas previsibles y de la estabilidad entre sus principales socios.
La reacción europea también fue estratégica. Ante las tensiones con Washington, la Unión Europea anunció que reforzará su mirada hacia Asia, buscando diversificar mercados y reducir dependencias. Para Ecuador, este giro no resulta ajeno. El país ya cuenta con acuerdos comerciales con China y Corea del Sur, y ha profundizado su inserción en Asia-Pacífico.
China, además, ya no es un socio emergente. Es el segundo socio comercial del Ecuador. Su peso en exportaciones, importaciones e inversión es estructural. Ignorarlo sería un error, pero sobredimensionarlo también. El desafío está en administrar esa relación con criterios de interés nacional, sin desplazar otros vínculos estratégicos ni generar dependencias difíciles de revertir.
Porque Ecuador sigue teniendo en Estados Unidos a su principal socio comercial. Es el mayor destino de exportaciones, la principal fuente de remesas y un actor clave en inversión y cooperación. Ese vínculo no es ideológico ni coyuntural. Es económico, social y profundamente arraigado.
Ahí radica el verdadero reto. Ecuador no puede darse el lujo de escoger bandos en un mundo fragmentado. Tampoco puede navegar sin una estrategia clara. Necesita una política exterior y comercial pragmática, capaz de dialogar con Washington, Bruselas y Pekín, sin contradicciones ni alineamientos automáticos.
El acuerdo Mercosur-UE no amenaza a Ecuador. Pero sí lo obliga a pensar con mayor profundidad. En un escenario donde el comercio se cruza cada vez más con la geopolítica, el país necesita coherencia, previsión y una agenda productiva sólida. Porque, en el nuevo orden global, la neutralidad pasiva no protege: deja rezagado.
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Desde una primera lectura, el tratado Mercosur-UE fortalece a Sudamérica como bloque. Amplía el acceso al mercado europeo, reduce barreras y envía una señal política a favor del multilateralismo.
Para Ecuador, sin embargo, el impacto no es automático. Su condición de asociado limita el acceso directo a las preferencias, pero no lo deja al margen de un nuevo equilibrio regional que puede redefinir flujos comerciales y productivos.
Además, el país ya compite en el mercado europeo con reglas propias. Exportaciones como banano, camarón, flores y cacao ingresan bajo un acuerdo vigente con la UE.
El nuevo tratado puede intensificar la competencia desde economías más grandes del Mercosur, pero también abre oportunidades para encadenamientos regionales, integración logística y una región más atractiva para la inversión.
El contexto internacional añade, no obstante, un elemento de incertidumbre. Mientras en Paraguay se concretaba el acuerdo, Donald Trump volvió a sacudir el comercio global con amenazas de nuevos aranceles a países de la Unión Europea, condicionadas a un acuerdo sobre Groenlandia.
Más allá de lo anecdótico, el mensaje fue directo: la política comercial puede convertirse, otra vez, en un mecanismo de presión geopolítica.
En ese escenario, la postura ecuatoriana buscó marcar distancia del conflicto. Desde el Foro de Davos, el presidente Daniel Noboa llamó al diálogo entre Estados Unidos y Europa. “Ojalá esto se resuelva hablando, no imponiendo”, dijo el mandatario. La frase no fue retórica. Refleja la posición de un país pequeño que depende del comercio abierto, de reglas previsibles y de la estabilidad entre sus principales socios.
La reacción europea también fue estratégica. Ante las tensiones con Washington, la Unión Europea anunció que reforzará su mirada hacia Asia, buscando diversificar mercados y reducir dependencias. Para Ecuador, este giro no resulta ajeno. El país ya cuenta con acuerdos comerciales con China y Corea del Sur, y ha profundizado su inserción en Asia-Pacífico.
China, además, ya no es un socio emergente. Es el segundo socio comercial del Ecuador. Su peso en exportaciones, importaciones e inversión es estructural. Ignorarlo sería un error, pero sobredimensionarlo también. El desafío está en administrar esa relación con criterios de interés nacional, sin desplazar otros vínculos estratégicos ni generar dependencias difíciles de revertir.
Porque Ecuador sigue teniendo en Estados Unidos a su principal socio comercial. Es el mayor destino de exportaciones, la principal fuente de remesas y un actor clave en inversión y cooperación. Ese vínculo no es ideológico ni coyuntural. Es económico, social y profundamente arraigado.
Ahí radica el verdadero reto. Ecuador no puede darse el lujo de escoger bandos en un mundo fragmentado. Tampoco puede navegar sin una estrategia clara. Necesita una política exterior y comercial pragmática, capaz de dialogar con Washington, Bruselas y Pekín, sin contradicciones ni alineamientos automáticos.
El acuerdo Mercosur-UE no amenaza a Ecuador. Pero sí lo obliga a pensar con mayor profundidad. En un escenario donde el comercio se cruza cada vez más con la geopolítica, el país necesita coherencia, previsión y una agenda productiva sólida. Porque, en el nuevo orden global, la neutralidad pasiva no protege: deja rezagado.
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