El acuerdo entre Ecuador y Estados Unidos divide opiniones, pero abre oportunidades

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Giovanni Astudillo

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La firma del acuerdo comercial recíproco entre Ecuador y Estados Unidos marca un momento relevante para la política comercial ecuatoriana. No se trata solo de un documento técnico para reducir aranceles, sino de una señal que Ecuador quiere tomar en su inserción en la economía global.

Estados Unidos es el principal socio comercial de Ecuador y el destino más importante de sus exportaciones no petroleras. Con el nuevo acuerdo, cerca del 53% de estos envíos podrá ingresar a ese mercado sin la sobretasa arancelaria que en los últimos meses afectó a varios productos ecuatorianos, desde flores y cacao hasta frutas tropicales y manufacturas.

Este acceso preferencial puede convertirse en una palanca para ampliar exportaciones, atraer inversiones y diversificar la oferta productiva.

No es un tema menor para una economía como la ecuatoriana que enfrenta un crecimiento moderado y necesita nuevas fuentes de dinamismo. Un marco comercial estable con la mayor economía del mundo abre oportunidades para el sector agrícola, la agroindustria y la manufactura, que requieren previsibilidad para competir y crecer.

Pero el acuerdo también implica compromisos. Ecuador reducirá barreras arancelarias y no arancelarias en sectores como maquinaria, tecnología, productos agrícolas y otros bienes industriales provenientes de Estados Unidos.

Para algunos sectores locales, esto generará una competencia más intensa. Sin embargo, esa apertura también puede traducirse en acceso a insumos, equipos y tecnología más baratos, factores clave para elevar la productividad nacional.

La discusión sobre el ingreso de importaciones no es nueva. Cada acuerdo comercial en la historia reciente ha despertado temores similares. Ocurrió con los tratados con la Unión Europea y con China. La experiencia demuestra que los resultados dependen menos del acuerdo en sí y más de la capacidad del país para aprovecharlo con innovación, infraestructura, financiamiento y políticas de competitividad.

Por ello, el debate sobre este acuerdo no debería limitarse a los aranceles. El desafío es más amplio: convertir la apertura comercial en una estrategia de desarrollo productivo. Si Ecuador logra acompañar este pacto con políticas que fortalezcan a sus empresas y amplíen su base exportadora, el acuerdo con Estados Unidos puede ser una oportunidad real y no solo una promesa en papel.

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