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Giovanni Astudillo
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Hablar de residuos electrónicos, basura tecnológica y reciclaje responsable de electrónicos implica entender una problemática global que impacta a escala mundial y local. Así lo explica Johanna Rosales, directora de Triple Impacto de Vertmonde, quien junto a su madre y hermana impulsó hace 14 años la primera planta técnica especializada en reciclaje de residuos eléctricos y electrónicos en Ecuador.
La iniciativa surgió cuando el manejo inadecuado de desechos electrónicos, los riesgos ambientales de la chatarra tecnológica y la contaminación por metales pesados aún no formaban parte de la conversación pública en Quito. En la actualidad, esos residuos representan uno de los mayores desafíos ambientales del país.
Alrededor de esta problemática nació la causa Ecuador Libre de Ewaste. Está enfocada en educación ambiental, sensibilización ciudadana y gestión responsable de residuos electrónicos.
A diferencia del reciclaje de papel o cartón, el reciclaje de aparatos electrónicos sigue siendo desconocido para la mayoría de consumidores.
Durante años, el trabajo no solo se dirigió al usuario final, sino también al marco regulatorio. Los residuos electrónicos peligrosos no estaban mapeados ni contaban con normativa específica.
Recién en 2022, Ecuador logró emitir una de las regulaciones más importantes para su manejo, varios años después de países vecinos como Colombia o Perú, dijo Rosales.
La Organización de las Naciones Unidas declaró en 2021 a los residuos electrónicos como la plaga del siglo, debido a su alto contenido de metales pesados, sustancias tóxicas y su enorme poder contaminante.
Aunque la contaminación por plásticos es más visible, la contaminación invisible de la basura electrónica resulta mucho más tóxica y compleja.
Estos residuos suelen terminar quemados, enterrados o en rellenos sanitarios, filtrando contaminantes que afectan aguas subterráneas y superficiales, fuentes directas de consumo humano.
Es un problema que no se ve, pero cuyos impactos ambientales y sanitarios son profundos y persistentes.
El crecimiento del consumo tecnológico explica la magnitud del problema. Cada año se compran miles de teléfonos, cientos de computadoras y una creciente cantidad de gadgets electrónicos como relojes inteligentes y audífonos inalámbricos.
Se estima que cada persona adquiere 4,5 dispositivos electrónicos al año y genera cerca de seis kilos de residuos electrónicos por habitante.
Según datos del Ministerio del Ambiente, en Ecuador se generan aproximadamente 90 000 toneladas de residuos electrónicos al año. Sin embargo, solo el 3% entra en reciclaje formal y técnico, mientras el resto termina en chatarreros informales, espacios públicos o escombreras, señala Rosales.
Hay una diferencia clave para el manejo adecuado de residuos electrónicos peligrosos. A diferencia de otros desechos, estos requieren permisos ambientales, infraestructura especializada y un proceso de destrucción previo. No basta con “reciclar”: primero hay que desintegrar completamente los equipos, dice Rosales.
En la planta técnica, los residuos recolectados a nivel nacional se trasladan a Quito, donde se realiza una trituración mecánica y una separación avanzada de materiales. Se clasifican distintos tipos de plásticos, metales ferrosos y no ferrosos, buscando la mayor pureza posible en cada fracción.
Uno de los mayores problemas del reciclaje informal es que solo se recuperan las partes con valor económico, como cobre o aluminio. El resto —plásticos complejos, mezclas no reciclables— se quema o se abandona, agravando la contaminación ambiental.
Un reciclaje electrónico responsable implica asumir también las fracciones que cuestan dinero y no generan ingresos.
En Ecuador, por su baja industrialización, entre el 60% y 70% de los materiales debe exportarse para su tratamiento. Además, entre 5% y 10% requiere incineración, recuperación energética o confinamiento controlado.
Gracias a estos procesos, se logra que entre el 93% y 95 % de los materiales reciban algún tipo de tratamiento posterior. Solo entre el 5% y 7% debe ser destruido definitivamente.
Actualmente, la planta de Triple Impacto de Vertmonde procesa entre 50 y 60 toneladas mensuales, lo que equivale a 700 a 800 toneladas anuales.
En 2019, los equipos eran más grandes y pesados. Hoy, para alcanzar las mismas cifras, se necesitan muchísimos más dispositivos pequeños, reflejo del cambio en el consumo tecnológico, según Rosales.
Los metales ferrosos se quedan en Ecuador, donde existen acerías. En cambio, cerca del 90% del plástico ABS proveniente de electrónicos se exporta a países del sudeste asiático como Malasia, Vietnam y Tailandia, desde donde se transforma en materia prima para grandes industrias.
Las baterías y circuitos electrónicos, considerados residuos peligrosos, se gestionan bajo el Convenio de Basilea y se envían principalmente a Europa y Japón, donde existen plantas especializadas.
Frente a un celular viejo, un computador dañado o un equipo de sonido antiguo, lo más importante es saber qué no hacer: no botarlo con la basura común, no abandonarlo en la vía pública ni quemarlo, destaca Rosales.
La recomendación es informarse y acudir a puntos formales. Ecuador Libre de Ewaste cuenta con un mapa de 70 a 80 puntos de recolección en centros comerciales y supermercados a nivel nacional, incluyendo el primer punto en Galápagos.
Para grandes volúmenes, se debe contactar a gestores ambientales calificados.
Según Rosales, más allá del reciclaje, el mensaje apunta al consumo responsable de tecnología. Preguntarse si un equipo puede repararse, optar por dispositivos reacondicionados o apoyar marcas con programas de reciclaje son decisiones clave.
“Como consumidores, tenemos el poder de premiar las buenas prácticas ambientales y reducir una contaminación que, aunque invisible, ya afecta al presente y al futuro del país”.
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La iniciativa surgió cuando el manejo inadecuado de desechos electrónicos, los riesgos ambientales de la chatarra tecnológica y la contaminación por metales pesados aún no formaban parte de la conversación pública en Quito. En la actualidad, esos residuos representan uno de los mayores desafíos ambientales del país.
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Ecuador busca una conciencia, regulación y consumo responsable
Alrededor de esta problemática nació la causa Ecuador Libre de Ewaste. Está enfocada en educación ambiental, sensibilización ciudadana y gestión responsable de residuos electrónicos.
A diferencia del reciclaje de papel o cartón, el reciclaje de aparatos electrónicos sigue siendo desconocido para la mayoría de consumidores.
Durante años, el trabajo no solo se dirigió al usuario final, sino también al marco regulatorio. Los residuos electrónicos peligrosos no estaban mapeados ni contaban con normativa específica.
Recién en 2022, Ecuador logró emitir una de las regulaciones más importantes para su manejo, varios años después de países vecinos como Colombia o Perú, dijo Rosales.
La basura electrónica, declarada “la plaga del siglo”
La Organización de las Naciones Unidas declaró en 2021 a los residuos electrónicos como la plaga del siglo, debido a su alto contenido de metales pesados, sustancias tóxicas y su enorme poder contaminante.
Aunque la contaminación por plásticos es más visible, la contaminación invisible de la basura electrónica resulta mucho más tóxica y compleja.
Estos residuos suelen terminar quemados, enterrados o en rellenos sanitarios, filtrando contaminantes que afectan aguas subterráneas y superficiales, fuentes directas de consumo humano.
Es un problema que no se ve, pero cuyos impactos ambientales y sanitarios son profundos y persistentes.
Miles de dispositivos y toneladas de desechos cada año
El crecimiento del consumo tecnológico explica la magnitud del problema. Cada año se compran miles de teléfonos, cientos de computadoras y una creciente cantidad de gadgets electrónicos como relojes inteligentes y audífonos inalámbricos.
Se estima que cada persona adquiere 4,5 dispositivos electrónicos al año y genera cerca de seis kilos de residuos electrónicos por habitante.
Según datos del Ministerio del Ambiente, en Ecuador se generan aproximadamente 90 000 toneladas de residuos electrónicos al año. Sin embargo, solo el 3% entra en reciclaje formal y técnico, mientras el resto termina en chatarreros informales, espacios públicos o escombreras, señala Rosales.
El reciclaje técnico versus reciclaje informal
Hay una diferencia clave para el manejo adecuado de residuos electrónicos peligrosos. A diferencia de otros desechos, estos requieren permisos ambientales, infraestructura especializada y un proceso de destrucción previo. No basta con “reciclar”: primero hay que desintegrar completamente los equipos, dice Rosales.
En la planta técnica, los residuos recolectados a nivel nacional se trasladan a Quito, donde se realiza una trituración mecánica y una separación avanzada de materiales. Se clasifican distintos tipos de plásticos, metales ferrosos y no ferrosos, buscando la mayor pureza posible en cada fracción.
El verdadero reto es hacerse cargo de todo el residuo
Uno de los mayores problemas del reciclaje informal es que solo se recuperan las partes con valor económico, como cobre o aluminio. El resto —plásticos complejos, mezclas no reciclables— se quema o se abandona, agravando la contaminación ambiental.
Un reciclaje electrónico responsable implica asumir también las fracciones que cuestan dinero y no generan ingresos.
En Ecuador, por su baja industrialización, entre el 60% y 70% de los materiales debe exportarse para su tratamiento. Además, entre 5% y 10% requiere incineración, recuperación energética o confinamiento controlado.
Cifras clave del procesamiento en Ecuador
Gracias a estos procesos, se logra que entre el 93% y 95 % de los materiales reciban algún tipo de tratamiento posterior. Solo entre el 5% y 7% debe ser destruido definitivamente.
Actualmente, la planta de Triple Impacto de Vertmonde procesa entre 50 y 60 toneladas mensuales, lo que equivale a 700 a 800 toneladas anuales.
En 2019, los equipos eran más grandes y pesados. Hoy, para alcanzar las mismas cifras, se necesitan muchísimos más dispositivos pequeños, reflejo del cambio en el consumo tecnológico, según Rosales.
Destino de los materiales y rutas internacionales
Los metales ferrosos se quedan en Ecuador, donde existen acerías. En cambio, cerca del 90% del plástico ABS proveniente de electrónicos se exporta a países del sudeste asiático como Malasia, Vietnam y Tailandia, desde donde se transforma en materia prima para grandes industrias.
Las baterías y circuitos electrónicos, considerados residuos peligrosos, se gestionan bajo el Convenio de Basilea y se envían principalmente a Europa y Japón, donde existen plantas especializadas.
¿Qué debe hacer el ciudadano con un electrónico en desuso?
Frente a un celular viejo, un computador dañado o un equipo de sonido antiguo, lo más importante es saber qué no hacer: no botarlo con la basura común, no abandonarlo en la vía pública ni quemarlo, destaca Rosales.
La recomendación es informarse y acudir a puntos formales. Ecuador Libre de Ewaste cuenta con un mapa de 70 a 80 puntos de recolección en centros comerciales y supermercados a nivel nacional, incluyendo el primer punto en Galápagos.
Para grandes volúmenes, se debe contactar a gestores ambientales calificados.
Consumo responsable: la decisión empieza en casa
Según Rosales, más allá del reciclaje, el mensaje apunta al consumo responsable de tecnología. Preguntarse si un equipo puede repararse, optar por dispositivos reacondicionados o apoyar marcas con programas de reciclaje son decisiones clave.
“Como consumidores, tenemos el poder de premiar las buenas prácticas ambientales y reducir una contaminación que, aunque invisible, ya afecta al presente y al futuro del país”.
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