Disentir sin odiar

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Laura Martínez Quesada

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Costa Rica está anegada en el odio. Es el resultado de cuatro años de agresiones, insolencias, fanfarronadas, sarcasmos y pachuquerías del hombre que al día de hoy nos representa ante el mundo. Vivimos en una marisma de odio. La persona que odia se debilita, se fragiliza, se vulnerabiliza. El odio nos hace estúpidos, manipulables, nos convierte en tontos útiles. Nada mejor que el odio (combustible de altísimo octanaje) para privarnos de espíritu crítico, de lucidez, del menor alumbre de inteligencia. Hemos sido sojuzgados por las ideologías del odio. ¿Qué es una ideología? Un conjunto de ideas sistémicamente vinculadas, concatenadas. Una red, una urdimbre, un tejido de ideas que constituyen un sistema más o menos coherente. Las ideologías del odio le han causado al mundo más dolor que todas las pandemias, terremotos y tsunamis de que guardamos memoria. Resulta perentorio purgarnos de estas toxinas espirituales: reencontrar la manera de disentir sin odiar, sin insultar, sin humillar. Tal es, justamente, el espíritu de la democracia: la unitas multiplex, esto es, la unidad dentro de la multiplicidad. Debemos tomar un poquito de distancia con respecto a esa suma de prejuicios, inquinas, antipatías y recelos que tomamos por “ideas”. Disociarnos de ellas. Nadie es sus ideas, así como nadie es su religión, su partido político, su dieta básica, su música favorita, o sus preferencias sexuales. Todos esos elementos son adjetivos que le colgamos al sustantivo “Yo”. Son elementos adláteres, calificativos, accesorios de ese misterioso y sagrado núcleo en torno al cual se estructura nuestro ser psicofísico. Repito: no somos nuestra ideología, no somos nuestra militancia política, no somos aquello a lo que elevamos vítores.

Múltiples y nefarias han sido las ideologías del odio a lo largo de la historia: racismo, supremacismo, hegemonismo, territorialismo, colonialismo, imperialismo, segregacionismo, nacionalismos exorbitados y mórbidos. Terribles patologías sociales. Todo fanatismo es perverso, abyecto y peligroso. Más que nunca, hemos de recordar que el prurito de “tener la razón” es un mero espejismo. La razón es siempre una construcción colectiva, transgeneracional e histórica. O la tenemos todos, o no la tiene nadie. Nada puede ser tan aberrante como esos “librepensadores” que solo toleran a la gente cuando esta “librepiensa” como ellos. Las democracias buscan los consensos, pero crecen sobre el humus de las diferencias, las discrepancias, los disensos. Esto es saludable, más aún: inevitable. Odiar a alguien por cuanto piensa diferente de mí es el summun del absurdo. Es justamente en el disenso donde podemos aprender, enriquecernos, ensanchar nuestros horizontes espirituales. Los unísonos son empobrecedores, amén de atrozmente aburridos. La polifonía (coexistencia e interacción de diversas voces individuales pero cohesivas) es, en cambio, el más excelso triunfo de eso que llamamos “convivencia”. Convivir significa, en primerísimo lugar, aceptar que el otro tiene muchas nociones bellas y valiosas que enseñarnos, y que cerrarnos ante la alteridad es condenarnos a la ceguera y la claustrofobia del alma.

Costa Rica se prepara para una justa electoral con mas hiel, bilis y ácido pancreático que buen juicio. Nunca antes había yo percibido un clima psicológico tan venenoso y deletéreo. Aplaudo la pasión de las grandes militancias: son bellas y nobles, y es mucho lo que le han deparado al mundo. Pero luego existen también las que Spinoza llamaba “pasiones tristes”: la envidia, el rencor, la sed de venganza, las mil formas de la codicia, ese aguardiente moral que llamamos “poder”, el irrespeto, la prepotencia, la fanfarronería, las amenazas. Nuestra democracia está enferma: eso lo sabemos todos. ¿Se trata de una dolencia tratable, leve, reversible, o de una enfermedad metastásica y terminal? No lo sabemos, pero yo temo lo peor. La actual administración ha coqueteado con el totalitarismo y la dictadura de manera desvergonzada y cínica. Como un niño de dos años que juega con un revólver cargado. Las democracias no siempre languidecen a lo largo de décadas y por fin fenecen. A veces mueren de manera súbita, en cuestión de días, merced –por ejemplo– a un golpe de Estado, pero también de una elección política infortunada, en la que los pueblos se ponen en manos de sus propios verdugos. El siglo XX y lo que llevamos del XXI nos ha dejado una colección de dictadores, criminales de lesa humanidad, cleptócratas y degolladores que bien pueden constituir una inmensa enciclopedia. Todos ellos deberían figurar en la Historia Universal de la Infamia, de Borges. Son una taxonomía tan abundante y variopinta que no sabría yo por donde empezar a enumerar sus características generales. Hemos tenido dictadores de todos los colores, sabores, tamaños y olores imaginables. Ninguno ha dejado otra cosa que océanos de dolor y amargura. Hoy Costa Rica flirtea temerariamente con este horror. Solo deseo que, desde el arcano limbo donde habitan, las almas de nuestros preclaros patriotas nos iluminen en este momento decisivo.



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