L
Lolo Echeverría
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El optimista Maduro caminaba hacia la corte que le juzgará deseando un buen año y haciendo la señal de la victoria. No le faltaba razón, había salvado la vida; si los feroces guardias cubanos alcanzaban a disparar una bala, hubiera sido para matarle a él. Los que le condenarán le salvaron la vida.
Delci, la traidora, no cobrará como judas, 30 monedas; más bien ella ofrece 30 millones de barriles de petróleo al amigo Donald a cambio de un país. Trump piensa con optimismo que el petróleo le permitirá recuperar lo que le robaron, pagar las deudas a Rusia, a China y que sobrará para la recuperación de Venezuela. La optimista Delci cree que gobierna.
Los optimistas de izquierda creen que se salvó el régimen chavista; los optimistas de derecha creen que se acaba la dictadura y empezará el gobierno de María Corina; el optimista Trump cree que el régimen de transición dará para años de petróleo; el optimista Marco Rubio cree que será presidente del imperio.
Por todas partes hay optimistas. Entre nosotros hay quienes creen que los sicarios se cansarán de matar, el riesgo país seguirá bajando, que vendrá inversión extranjera, que llegarán puntualmente las remesas y los exportadores seguirán abriendo mercados. Confían en que Godoy será censurado por la Asamblea y que los jueces probos serán protegidos.
Dios nos libre de los optimistas porque se parecen mucho a la caracterización que de ellos hace el filósofo Leonidas Donskis: “Gente frívola e insulsa o más comúnmente, unos ingenuos y unos insensatos. Es como si nos pareciera que la profundidad y la sabiduría son privativas del pesimismo y de las profecías apocalípticas”.
El verdadero optimismo viene de creer que la historia no se repite ni como tragedia ni como comedia, según decía Marx, sino que progresa y camina según los designios de un Ser superior, que el mal no es más que algo pasajero incapaz de destruir el destino humano y, en términos más terrenales, la convicción de que siempre hay alternativas.
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Delci, la traidora, no cobrará como judas, 30 monedas; más bien ella ofrece 30 millones de barriles de petróleo al amigo Donald a cambio de un país. Trump piensa con optimismo que el petróleo le permitirá recuperar lo que le robaron, pagar las deudas a Rusia, a China y que sobrará para la recuperación de Venezuela. La optimista Delci cree que gobierna.
Los optimistas de izquierda creen que se salvó el régimen chavista; los optimistas de derecha creen que se acaba la dictadura y empezará el gobierno de María Corina; el optimista Trump cree que el régimen de transición dará para años de petróleo; el optimista Marco Rubio cree que será presidente del imperio.
Por todas partes hay optimistas. Entre nosotros hay quienes creen que los sicarios se cansarán de matar, el riesgo país seguirá bajando, que vendrá inversión extranjera, que llegarán puntualmente las remesas y los exportadores seguirán abriendo mercados. Confían en que Godoy será censurado por la Asamblea y que los jueces probos serán protegidos.
Dios nos libre de los optimistas porque se parecen mucho a la caracterización que de ellos hace el filósofo Leonidas Donskis: “Gente frívola e insulsa o más comúnmente, unos ingenuos y unos insensatos. Es como si nos pareciera que la profundidad y la sabiduría son privativas del pesimismo y de las profecías apocalípticas”.
El verdadero optimismo viene de creer que la historia no se repite ni como tragedia ni como comedia, según decía Marx, sino que progresa y camina según los designios de un Ser superior, que el mal no es más que algo pasajero incapaz de destruir el destino humano y, en términos más terrenales, la convicción de que siempre hay alternativas.
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