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Maria Fernanda Sánchez
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Este 5 de diciembre, Día Internacional del Voluntariado, comparto una reflexión basada en mi trabajo reciente como voluntaria en el Parque Nacional Galápagos. Llegué a las islas hace cuatro meses para apoyar procesos de turismo sostenible y manejo de sitios de visita, y la experiencia me ha permitido comprender, desde adentro, la complejidad de conservar uno de los ecosistemas más frágiles del planeta y de alinear con el manejo del turismo.
El voluntariado en Galápagos no es únicamente un aporte operativo o técnico, ellos han sido parte de la conservación del archipiélago desde la década de los 70. Este representa un complemento esencial al trabajo de los guardaparques, los biólogos, los educadores ambientales y actores comunitarios. A través de tareas como el seguimiento del estado de los senderos, la observación de presión turística, el apoyo en centros de crianza de tortugas gigantes, el monitoreo de la fauna marina, la educación ambiental o la asistencia en actividades comunitarias, los voluntarios contribuyen a mantener la integridad del área protegida y a fortalecer la gestión diaria de la conservación.
En los centros de crianza de tortugas gigantes, por ejemplo, he observado de cerca la complejidad del trabajo que implica proteger a neonatos y juveniles; o también, a los equipos técnicos realizar controles de salud, monitorear crecimiento, limpiar recintos y mantener las condiciones para su crecimiento. Ver este trabajo tan de cerca es profundamente revelador: muestra la precisión, la paciencia y el cuidado detrás de cada decisión. En el área veterinaria, los equipos de respuesta rápida atienden lesiones, enfermedades y casos críticos de fauna reportada por la comunidad, pescadores o turistas. Al mismo tiempo, los educadores ambientales llevan a los escolares a observar tiburones juveniles, aves marinas, plantas endémicas e incluso especies invasoras, ayudándoles a construir una relación temprana y significativa con la naturaleza.
Estos aportes no sustituyen la capacidad técnica institucional, pero sí la amplían, la acompañan y la humanizan.
El voluntariado también revela una dimensión profundamente humana que merece ser reconocida. Quienes llegan desde el continente o desde otros países son jóvenes y profesionales con perfiles sólidos, que dejan atrás trabajos, ciudades y familias para vivir una experiencia que transformará su trayectoria de vida. En Galápagos los voluntarios forman una comunidad unida, diversa y altamente comprometida, que aprende y trabaja en conjunto con los guardaparques, quienes encuentran en ellos aliados indispensables. Esta sinergia crea un tejido de colaboración que sostiene muchos procesos diarios de conservación. Las comunidades locales, por su parte, se benefician directa o indirectamente de su presencia, por lo que el voluntariado debería ser comprendido y valorado como un aporte estratégico.
En este contexto, un enfoque regenerativo cobra pleno sentido: cada experiencia ya sea en turismo de naturaleza o en turismo rural transforma a la persona en un agente activo de conservación, capaz de dejar una huella positiva al restaurar ecosistemas, apoyar investigación, fortalecer economías locales o impulsar iniciativas comunitarias.
Un aspecto importante es el efecto multiplicador del conocimiento. Los voluntarios conocen de primera mano la normativa del Parque Nacional, la fragilidad de los ecosistemas, la importancia de la bioseguridad, los desafíos que enfrentan y la importancia de las prácticas responsables. Al regresar a sus lugares de origen, se convierten en voceros informados que promueven estas experiencias: caminar solo por senderos señalizados, no tocar ni alimentar fauna, contratar operadores autorizados, respetar la capacidad de carga y comprender por qué Galápagos requiere un turismo regulado y consciente. Cada voluntario se convierte así en un agente de sensibilización.
En este trabajo diario, cada voluntario aporta capacidades específicas que fortalecen las tareas de conservación. En este corto tiempo he conocido a los perfiles seleccionados por Catalina, jefa del programa de voluntariado, cuya gestión asegura la llegada de profesionales comprometidos y técnicamente sólidos. A quienes nombraré a continuación: Steven contribuye con una comunicación efectiva y una disposición constante para apoyar en campo. Sebastián aporta criterio técnico y orden en procesos que requieren observación detallada. Cata (chilena) y Gabriela respaldan de manera consistente las actividades de crianza, mientras que Majo y Christopher colaboran en el manejo de tortugas con responsabilidad y precisión.
Bryan fortalece el componente educativo ambiental al acompañar a estudiantes de cada una de las islas en actividades de aprendizaje. Rose incorpora creatividad y recursos visuales que facilitan la educación ambiental. Pauli (chilena) apoya las acciones de monitoreo de tiburones y procesos vinculados al trabajo marino. David ofrece criterios de arquitectura e infraestructura necesarios para la mejora de los sitios. Alejandra, desde la psicología, brinda acompañamiento en un contexto que exige contención emocional. Eber contribuye con el vivero forestal, y Nicole asegura el respaldo normativo mediante informes jurídicos que ordenan y sostienen las acciones necesarias para continuar con la conservación.
Fiore, por su parte, representa un apoyo esencial en la atención de fauna vulnerable. Su trabajo constante, incluso durante emergencias fuera del horario regular, permite dar seguimiento a búhos, piqueros de patas azules y otras especies que requieren monitoreo continuo y cuidados especializados. Su labor refuerza la capacidad de respuesta del equipo frente a situaciones que comprometen el bienestar de especies sensibles.
Además del aporte ambiental, el voluntariado genera impactos económicos que suelen pasar desapercibidos, ellos permanecen entre dos y cuatro meses, cubren sus propios gastos: alojamiento, alimentación transporte interno, servicios locales, tours y productos de pequeñas economías familiares. En la práctica, esto dinamiza la economía del archipiélago, especialmente la de mujeres productoras, emprendimientos familiares, fincas agrícolas y pequeños comercios. Su presencia contribuye a diversificar ingresos y sostener la economía local que depende en la estacionalidad del turismo.
Sin embargo, el voluntariado también nos invita a considerar una dimensión que pocas veces se discute: el bienestar emocional y psicológico de quienes llegan a las islas. Vivir en un territorio aislado, lejos de la familia y de las redes habituales de apoyo, puede resultar desafiante. La convivencia en espacios reducidos, la intensidad del trabajo, la responsabilidad ambiental y el propio aislamiento geográfico generan vulnerabilidades que no siempre son visibles.
Aunque los voluntarios construyen redes sólidas que les permite una contención al estar en las diferentes islas del archipiélago. Hubo hace poco la pérdida de un voluntario (organización científica privada y sin fines de lucro) que, con profundo dolor, recuerda que Galápagos no solo necesita conservación ambiental, sino también cuidado humano. Quienes entregan su tiempo, energía y vida para proteger este territorio merecen seguridad, acompañamiento y condiciones que resguarden su bienestar integral. En nuestra experiencia, contar con una voluntaria psicóloga fue invaluable: su capacidad de escucha y sus palabras oportunas se convirtieron en un apoyo constante para el grupo.
Por eso, hoy reflexiono sobre la necesidad de fortalecer los protocolos institucionales: es indispensable contar con acompañamiento psicológico preventivo, rutas claras frente a casos de violencia o acoso, canales confidenciales de apoyo emocional, formación en autocuidado y salud mental, y mecanismos de intervención temprana ante señales de riesgo.
En un contexto global donde la conservación enfrenta presiones crecientes, el voluntariado se vuelve una herramienta estratégica, porque no solo refuerza las capacidades institucionales, sino que también fortalece el vínculo entre las comunidades y el territorio, especialmente en proyectos de restauración ecológica que demuestran que la conservación es un proceso colectivo.
Desde la experiencia vivida y como profesional del turismo, es evidente que Galápagos ha invertido de manera sostenida en educación ambiental, especialmente en la formación de operadores responsables que orientan a los visitantes. Pero aparece una pregunta fundamental: ¿cómo protegemos también a quienes viven aquí y sostienen diariamente los procesos de conservación? Guardaparques, educadores ambientales, técnicos, madres agricultoras, pescadores artesanales, jóvenes voluntarios: todos ellos son parte del tejido que mantiene en pie este territorio.
Por eso, es indispensable avanzar hacia políticas públicas que fortalezcan la conservación sin descuidar el bienestar de la población local. Estas políticas deben ir más allá de la gestión ambiental tradicional: requieren enfoques de gobernanza que protejan a las mujeres, cuiden a las comunidades y reconozcan que la fauna es también un sujeto de resguardo. Seres vivos que merecen protección y cuya existencia esta entrelazada con la de las personas que habitan estas islas.
Un modelo de gestión verdaderamente sostenible en Galápagos requiere políticas que garanticen mejores condiciones para quienes sostienen el territorio, incluido, las personas voluntarias, cuyo trabajo amplifica la capacidad institucional y sostiene procesos esenciales del manejo ambiental.
Como me señaló la especialista en género, Ana Goetschel, no existe contradicción entre el cuidado que realizan cotidianamente las mujeres y el cuidado de la naturaleza: ambos sostienen la vida y se ven perjudicados por fallos en la gobernanza. La exclusión de las mujeres y jóvenes de la gobernanza genera modelos de conservación incompletos y frágiles.
El equilibrio entre la protección ecológica y el bienestar humano no es negociable; deben avanzar de la mano. Es innegable que la sostenibilidad ambiental es, en última instancia, la base del bienestar humano. Galápagos lo sabe, pero si este equilibrio se rompe, se pierde el territorio. Por eso también es fundamental incorporar a las mujeres, visibilizar su participación y reconocer su papel en el cuidado de las especies y de la naturaleza.
Para finalizar, en un territorio como Galápagos donde cada acción del ser humano tiene consecuencias visibles, el voluntariado aporta no solo manos, sino también perspectivas frescas, compromiso y responsabilidad compartida en la protección de los ecosistemas pero que también, requieren de decisiones conscientes, sostenidas y compartidas por parte de las autoridades.
En este día, reconozco la labor de todas las personas voluntarias que contribuyen al bienestar de Ecuador y del mundo. Y, en particular, destaco el valor del voluntariado en Galápagos, un territorio que exige sensibilidad, rigor y un profundo respeto por la vida en todas sus formas.
Finalmente, animo a los lectores a conocer un poco más de nuestras áreas protegidas y su biodiversidad.
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El voluntariado en Galápagos no es únicamente un aporte operativo o técnico, ellos han sido parte de la conservación del archipiélago desde la década de los 70. Este representa un complemento esencial al trabajo de los guardaparques, los biólogos, los educadores ambientales y actores comunitarios. A través de tareas como el seguimiento del estado de los senderos, la observación de presión turística, el apoyo en centros de crianza de tortugas gigantes, el monitoreo de la fauna marina, la educación ambiental o la asistencia en actividades comunitarias, los voluntarios contribuyen a mantener la integridad del área protegida y a fortalecer la gestión diaria de la conservación.
En los centros de crianza de tortugas gigantes, por ejemplo, he observado de cerca la complejidad del trabajo que implica proteger a neonatos y juveniles; o también, a los equipos técnicos realizar controles de salud, monitorear crecimiento, limpiar recintos y mantener las condiciones para su crecimiento. Ver este trabajo tan de cerca es profundamente revelador: muestra la precisión, la paciencia y el cuidado detrás de cada decisión. En el área veterinaria, los equipos de respuesta rápida atienden lesiones, enfermedades y casos críticos de fauna reportada por la comunidad, pescadores o turistas. Al mismo tiempo, los educadores ambientales llevan a los escolares a observar tiburones juveniles, aves marinas, plantas endémicas e incluso especies invasoras, ayudándoles a construir una relación temprana y significativa con la naturaleza.
Estos aportes no sustituyen la capacidad técnica institucional, pero sí la amplían, la acompañan y la humanizan.
El voluntariado también revela una dimensión profundamente humana que merece ser reconocida. Quienes llegan desde el continente o desde otros países son jóvenes y profesionales con perfiles sólidos, que dejan atrás trabajos, ciudades y familias para vivir una experiencia que transformará su trayectoria de vida. En Galápagos los voluntarios forman una comunidad unida, diversa y altamente comprometida, que aprende y trabaja en conjunto con los guardaparques, quienes encuentran en ellos aliados indispensables. Esta sinergia crea un tejido de colaboración que sostiene muchos procesos diarios de conservación. Las comunidades locales, por su parte, se benefician directa o indirectamente de su presencia, por lo que el voluntariado debería ser comprendido y valorado como un aporte estratégico.
Un enfoque regenerativo: formar agentes activos de conservación
En este contexto, un enfoque regenerativo cobra pleno sentido: cada experiencia ya sea en turismo de naturaleza o en turismo rural transforma a la persona en un agente activo de conservación, capaz de dejar una huella positiva al restaurar ecosistemas, apoyar investigación, fortalecer economías locales o impulsar iniciativas comunitarias.
Un aspecto importante es el efecto multiplicador del conocimiento. Los voluntarios conocen de primera mano la normativa del Parque Nacional, la fragilidad de los ecosistemas, la importancia de la bioseguridad, los desafíos que enfrentan y la importancia de las prácticas responsables. Al regresar a sus lugares de origen, se convierten en voceros informados que promueven estas experiencias: caminar solo por senderos señalizados, no tocar ni alimentar fauna, contratar operadores autorizados, respetar la capacidad de carga y comprender por qué Galápagos requiere un turismo regulado y consciente. Cada voluntario se convierte así en un agente de sensibilización.
En este trabajo diario, cada voluntario aporta capacidades específicas que fortalecen las tareas de conservación. En este corto tiempo he conocido a los perfiles seleccionados por Catalina, jefa del programa de voluntariado, cuya gestión asegura la llegada de profesionales comprometidos y técnicamente sólidos. A quienes nombraré a continuación: Steven contribuye con una comunicación efectiva y una disposición constante para apoyar en campo. Sebastián aporta criterio técnico y orden en procesos que requieren observación detallada. Cata (chilena) y Gabriela respaldan de manera consistente las actividades de crianza, mientras que Majo y Christopher colaboran en el manejo de tortugas con responsabilidad y precisión.
Bryan fortalece el componente educativo ambiental al acompañar a estudiantes de cada una de las islas en actividades de aprendizaje. Rose incorpora creatividad y recursos visuales que facilitan la educación ambiental. Pauli (chilena) apoya las acciones de monitoreo de tiburones y procesos vinculados al trabajo marino. David ofrece criterios de arquitectura e infraestructura necesarios para la mejora de los sitios. Alejandra, desde la psicología, brinda acompañamiento en un contexto que exige contención emocional. Eber contribuye con el vivero forestal, y Nicole asegura el respaldo normativo mediante informes jurídicos que ordenan y sostienen las acciones necesarias para continuar con la conservación.
Fiore, por su parte, representa un apoyo esencial en la atención de fauna vulnerable. Su trabajo constante, incluso durante emergencias fuera del horario regular, permite dar seguimiento a búhos, piqueros de patas azules y otras especies que requieren monitoreo continuo y cuidados especializados. Su labor refuerza la capacidad de respuesta del equipo frente a situaciones que comprometen el bienestar de especies sensibles.
Impactos económicos del voluntariado: un aporte silencioso pero crucial
Además del aporte ambiental, el voluntariado genera impactos económicos que suelen pasar desapercibidos, ellos permanecen entre dos y cuatro meses, cubren sus propios gastos: alojamiento, alimentación transporte interno, servicios locales, tours y productos de pequeñas economías familiares. En la práctica, esto dinamiza la economía del archipiélago, especialmente la de mujeres productoras, emprendimientos familiares, fincas agrícolas y pequeños comercios. Su presencia contribuye a diversificar ingresos y sostener la economía local que depende en la estacionalidad del turismo.
El bienestar emocional: la dimensión menos visible de la conservación
Sin embargo, el voluntariado también nos invita a considerar una dimensión que pocas veces se discute: el bienestar emocional y psicológico de quienes llegan a las islas. Vivir en un territorio aislado, lejos de la familia y de las redes habituales de apoyo, puede resultar desafiante. La convivencia en espacios reducidos, la intensidad del trabajo, la responsabilidad ambiental y el propio aislamiento geográfico generan vulnerabilidades que no siempre son visibles.
Aunque los voluntarios construyen redes sólidas que les permite una contención al estar en las diferentes islas del archipiélago. Hubo hace poco la pérdida de un voluntario (organización científica privada y sin fines de lucro) que, con profundo dolor, recuerda que Galápagos no solo necesita conservación ambiental, sino también cuidado humano. Quienes entregan su tiempo, energía y vida para proteger este territorio merecen seguridad, acompañamiento y condiciones que resguarden su bienestar integral. En nuestra experiencia, contar con una voluntaria psicóloga fue invaluable: su capacidad de escucha y sus palabras oportunas se convirtieron en un apoyo constante para el grupo.
Por eso, hoy reflexiono sobre la necesidad de fortalecer los protocolos institucionales: es indispensable contar con acompañamiento psicológico preventivo, rutas claras frente a casos de violencia o acoso, canales confidenciales de apoyo emocional, formación en autocuidado y salud mental, y mecanismos de intervención temprana ante señales de riesgo.
Una reflexión final
En un contexto global donde la conservación enfrenta presiones crecientes, el voluntariado se vuelve una herramienta estratégica, porque no solo refuerza las capacidades institucionales, sino que también fortalece el vínculo entre las comunidades y el territorio, especialmente en proyectos de restauración ecológica que demuestran que la conservación es un proceso colectivo.
Desde la experiencia vivida y como profesional del turismo, es evidente que Galápagos ha invertido de manera sostenida en educación ambiental, especialmente en la formación de operadores responsables que orientan a los visitantes. Pero aparece una pregunta fundamental: ¿cómo protegemos también a quienes viven aquí y sostienen diariamente los procesos de conservación? Guardaparques, educadores ambientales, técnicos, madres agricultoras, pescadores artesanales, jóvenes voluntarios: todos ellos son parte del tejido que mantiene en pie este territorio.
Por eso, es indispensable avanzar hacia políticas públicas que fortalezcan la conservación sin descuidar el bienestar de la población local. Estas políticas deben ir más allá de la gestión ambiental tradicional: requieren enfoques de gobernanza que protejan a las mujeres, cuiden a las comunidades y reconozcan que la fauna es también un sujeto de resguardo. Seres vivos que merecen protección y cuya existencia esta entrelazada con la de las personas que habitan estas islas.
Un modelo de gestión verdaderamente sostenible en Galápagos requiere políticas que garanticen mejores condiciones para quienes sostienen el territorio, incluido, las personas voluntarias, cuyo trabajo amplifica la capacidad institucional y sostiene procesos esenciales del manejo ambiental.
Como me señaló la especialista en género, Ana Goetschel, no existe contradicción entre el cuidado que realizan cotidianamente las mujeres y el cuidado de la naturaleza: ambos sostienen la vida y se ven perjudicados por fallos en la gobernanza. La exclusión de las mujeres y jóvenes de la gobernanza genera modelos de conservación incompletos y frágiles.
El equilibrio entre la protección ecológica y el bienestar humano no es negociable; deben avanzar de la mano. Es innegable que la sostenibilidad ambiental es, en última instancia, la base del bienestar humano. Galápagos lo sabe, pero si este equilibrio se rompe, se pierde el territorio. Por eso también es fundamental incorporar a las mujeres, visibilizar su participación y reconocer su papel en el cuidado de las especies y de la naturaleza.
Para finalizar, en un territorio como Galápagos donde cada acción del ser humano tiene consecuencias visibles, el voluntariado aporta no solo manos, sino también perspectivas frescas, compromiso y responsabilidad compartida en la protección de los ecosistemas pero que también, requieren de decisiones conscientes, sostenidas y compartidas por parte de las autoridades.
En este día, reconozco la labor de todas las personas voluntarias que contribuyen al bienestar de Ecuador y del mundo. Y, en particular, destaco el valor del voluntariado en Galápagos, un territorio que exige sensibilidad, rigor y un profundo respeto por la vida en todas sus formas.
Finalmente, animo a los lectores a conocer un poco más de nuestras áreas protegidas y su biodiversidad.
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