J
Juan Posada
Guest
Durante meses —especialmente en las semanas previas al desenlace venezolano— analistas, columnistas y centros de pensamiento repitieron un mismo libreto: la salida de Nicolás Maduro ocurriría por una renuncia negociada, quizá acompañada por su cúpula, abriendo paso a una transición encabezada por el ganador electoral, Edmundo González Urrutia. No era una hipótesis marginal: era el escenario trabajado y defendido desde Washington hasta Madrid.
Nada de eso ocurrió.
Maduro no renunció públicamente. No hubo pacto visible. El ganador de las elecciones no asumió el poder. Y, en un giro que descolocó incluso a los observadores más escépticos, Delcy Rodríguez emergió como presidenta encargada. Un desenlace que casi nadie anticipó y que, por su propia naturaleza, no permite a ningún analista decir honestamente “se los dije”.
Este no es un simple error de pronóstico. Es algo más profundo.
Los analistas no carecían de datos. Había presión internacional, sanciones, aislamiento diplomático, resultados electorales que cuestionaban la legitimidad del poder y un desgaste evidente del liderazgo personal de Nicolás Maduro. Todo eso estaba sobre la mesa.
El error estuvo en asumir que el poder se comporta de forma lineal.
Durante años, el análisis sobre Venezuela giró alrededor de cuatro salidas “clásicas”: renuncia pactada, quiebre militar, colapso económico o intervención externa. Incluso cuando se discrepaba sobre cuál era más probable, todos compartían el mismo tablero mental. El desenlace reciente, en cambio, no estaba en ese tablero.
Lo ocurrido no se parece a una transición democrática ni a un golpe tradicional. Es algo distinto: un repliegue controlado del poder.
Maduro sale del centro sin caer formalmente. El núcleo del sistema se preserva. El liderazgo se despersonaliza para protegerse. Y la figura que asume no representa ni ruptura ni continuidad electoral, sino funcionalidad política: administrar el choque, contener presiones y ganar tiempo.
Este tipo de movimiento es propio de sistemas autoritarios maduros, pero rara vez aparece en los modelos de predicción, que buscan momentos de quiebre visibles. El poder real, en cambio, suele optar por mutar sin romperse.
Algunos dirán que “advirtieron presión”; otros, que “hablaron de fracturas” o que “no descartaron salidas no convencionales”. Todo eso puede ser cierto, pero es insuficiente. Nadie anticipó un escenario en el que el presidente no renuncia ni es reemplazado formalmente, el ganador electoral no asume y el sistema se reorganiza internamente bajo una figura no electa, pero institucionalmente funcional.
Por eso este desenlace no tiene autores reclamando crédito. No porque falte ego, sino porque el evento derrotó a la predicción.
La lección es incómoda: se subestimó la plasticidad del autoritarismo. La política real, especialmente en regímenes cerrados, no responde a manuales. Responde a la supervivencia. Y cuando el poder decide no caer, puede reinventarse sin avisar.
El autor es PhD en oceanografía biológica y coordinador editorial de la Fundación MarViva.
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Nada de eso ocurrió.
Maduro no renunció públicamente. No hubo pacto visible. El ganador de las elecciones no asumió el poder. Y, en un giro que descolocó incluso a los observadores más escépticos, Delcy Rodríguez emergió como presidenta encargada. Un desenlace que casi nadie anticipó y que, por su propia naturaleza, no permite a ningún analista decir honestamente “se los dije”.
Este no es un simple error de pronóstico. Es algo más profundo.
El problema no fue la información, sino el marco
Los analistas no carecían de datos. Había presión internacional, sanciones, aislamiento diplomático, resultados electorales que cuestionaban la legitimidad del poder y un desgaste evidente del liderazgo personal de Nicolás Maduro. Todo eso estaba sobre la mesa.
El error estuvo en asumir que el poder se comporta de forma lineal.
Durante años, el análisis sobre Venezuela giró alrededor de cuatro salidas “clásicas”: renuncia pactada, quiebre militar, colapso económico o intervención externa. Incluso cuando se discrepaba sobre cuál era más probable, todos compartían el mismo tablero mental. El desenlace reciente, en cambio, no estaba en ese tablero.
No fue una transición, fue un repliegue
Lo ocurrido no se parece a una transición democrática ni a un golpe tradicional. Es algo distinto: un repliegue controlado del poder.
Maduro sale del centro sin caer formalmente. El núcleo del sistema se preserva. El liderazgo se despersonaliza para protegerse. Y la figura que asume no representa ni ruptura ni continuidad electoral, sino funcionalidad política: administrar el choque, contener presiones y ganar tiempo.
Este tipo de movimiento es propio de sistemas autoritarios maduros, pero rara vez aparece en los modelos de predicción, que buscan momentos de quiebre visibles. El poder real, en cambio, suele optar por mutar sin romperse.
Por qué nadie puede capitalizarlo
Algunos dirán que “advirtieron presión”; otros, que “hablaron de fracturas” o que “no descartaron salidas no convencionales”. Todo eso puede ser cierto, pero es insuficiente. Nadie anticipó un escenario en el que el presidente no renuncia ni es reemplazado formalmente, el ganador electoral no asume y el sistema se reorganiza internamente bajo una figura no electa, pero institucionalmente funcional.
Por eso este desenlace no tiene autores reclamando crédito. No porque falte ego, sino porque el evento derrotó a la predicción.
Epílogo
La lección es incómoda: se subestimó la plasticidad del autoritarismo. La política real, especialmente en regímenes cerrados, no responde a manuales. Responde a la supervivencia. Y cuando el poder decide no caer, puede reinventarse sin avisar.
El autor es PhD en oceanografía biológica y coordinador editorial de la Fundación MarViva.
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