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Gabriela Quiroz
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En Ecuador, apenas 28% de quienes se dedican a la ciencia son mujeres. Sin embargo, esta brecha identificada por la Red Ecuatoriana de Mujeres Científicas (Remci), en algunos hogares se acorta en conversaciones, salidas de campo, preguntas frente a una computadora. Cuatro científicas ecuatorianas forman a nuevas generaciones sin proponérselo: sus propias hijas. Entre laboratorios, datos, escuelas rurales y artículos académicos, no solo siembran conocimiento sino algo más profundo: confianza.
La desigualdad en ciencia no es una percepción. El informe ‘Status and Trends of Women in Science 2025’ de la Unesco, muestra que solo 31,1% de los investigadores del mundo eran mujeres en 2022. En 2012 la cifra era 29,4%. El avance resulta mínimo.
Aunque 46% de mujeres accede a estudios superiores -frente al 40% de los hombres-, solo 35% de quienes se gradúan en carreras STEM son mujeres. En 112 de 135 países analizados, menos del 20% de las mujeres egresadas elige áreas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemática).
La brecha se extiende a posiciones de poder. Solo una de cada cuatro universidades entre las 200 mejores del mundo tiene una mujer en la máxima posición de liderazgo. Desde 1901, el 4% de los Premios Nobel científicos se otorgó a mujeres. En Ecuador el desafío es claro: 72% del personal científico es masculino, según la Remci. Por eso las referentes importan. Y muchas veces la primera referencia está en casa.
Patricia Acosta-Vargas, PhD en Informática, investiga accesibilidad web, salud digital y ciencia de datos. Enseña, publica y lidera proyectos. Pero en su casa, la tecnología empezó con una pregunta.
Recuerda que un día, su hija, María Belén, se sentó junto a ella mientras trabajaba en la computadora y preguntó para qué servía ese análisis y a quién ayudaba. Patricia entendió que su hija ya conectaba la tecnología con la vida real. En casa, la computadora es una caja de herramientas para crear soluciones. Que los datos cuentan historias. Que escribir ciencia implica rigor y responsabilidad.
Hoy, María Belén tiene 24 años. Cursó medicina y realiza su internado. Colabora con investigadores en la escritura de artículos científicos. Creció viendo a su madre analizar datos, escribir publicaciones y liderar equipos. Pero también han hablado de estereotipos. En libros y clases predominan figuras masculinas en tecnología. Cuando surge esa diferencia, Patricia recuerda que escuchó frases como “eso es muy difícil” o “no hay muchas mujeres en informática”. Aun así, siguió.
Hoy no quiere que su hija tenga que demostrar el doble por ser mujer. Aspira a un entorno donde el talento sea el único criterio. Y repite: la ciencia y la tecnología son espacios donde las niñas pertenecen.
María José López investiga en la Universidad Politécnica de Cataluña, enseña en la Facultad de Informática y Electrónica de la Espoch, lidera el ‘Stem Women Congress Ecuador’ y la fundación Warmi2warmi. Fue reconocida como una de las 100 Mujeres TIC Referentes de Cataluña 2025. Pero en casa es, simplemente, mamá. Tiene dos hijas: Paz Isabella, de 5 años, y Fe Cayetana, de 1.
Paz entiende que “mamá trabaja con antenas, robots y chicas que quieren ser ingenieras”. La describe como alguien que construye cosas para ayudar a personas y organiza eventos con mujeres que hablan de ciencia. No comprende aún qué significa diseñar lentes dieléctricas u optimizar haces de radar. Pero sí entiende algo esencial: la ciencia mejora vidas.
María José le explica su trabajo con imágenes simples. Las antenas son “orejas muy especiales” que escuchan señales. Investigar es como probar distintas formas de armar un rompecabezas hasta que encaje. Para su hija, la ciencia no es un laboratorio frío. Es curiosidad organizada.
En su casa circulan palabras como experimento, prototipo e intentar de nuevo. Juegan, prueban, fallan y vuelven a intentar. Paz se dibuja con casco, bata o micrófono. Ha compartido escenario con su madre en el primer ‘Stem Women Congress Ecuador’. Verla hablar en auditorios o liderar equipos es cotidiano.
María José cree que la vocación no se enseña, se contagia. La curiosidad no se impone, se modela. Cuando un experimento falla, repite una frase que también se dice a sí misma: “Los errores son datos”.
Le habla de artículos rechazados, de simulaciones que no convergen. La ciencia, dice, no es perfecta. Es profundamente humana. Aspira a que su hija crezca asociando ciencia con curiosidad, perseverancia, ética y servicio. Y tiene claro qué debe cambiar en Ecuador: más representación real de científicas, políticas que acompañen la maternidad en la academia y educación temprana libre de estereotipos.
Carlota Moreno es directora del Centro de Investigación de Alimentos de la Universidad UTE. Sus hijas, Rebeca (19 años) y Juliana (12), saben que el trabajo de su madre no se limita al laboratorio. Entienden que incluye experimentos y salidas de campo para recolectar, cosechar material vegetal y estudiarlo.
Esos viajes no solo les permitieron conocer distintos lugares del país. También observar de cerca cómo se construye una investigación. Las dos viven la ciencia de forma distinta. Juliana, la menor, muestra un interés más directo: pregunta, se involucra y quiere saber más sobre las investigaciones. Rebeca conectó desde la experiencia. Cuando era pequeña acompañaba a Carlota a la cosecha de muestras.
En casa, la ciencia se traduce en ejemplos cotidianos. Carlota explica que investiga tecnología poscosecha y compuestos bioactivos en frutas y tubérculos andinos. Habla de cómo se conservan mejor y qué componentes aportan beneficios para la salud. Desde ahí insiste en la importancia de consumir frutas y vegetales por su aporte de vitaminas y antioxidantes. Las conversaciones sobre el valor nutricional de productos forman parte de la vida diaria. Influyen en lo que compran y en cómo preparan.
Carlota desea que sus hijas encuentren entornos donde su voz sea escuchada y ser mujer no sea una barrera. Cree que en Ecuador la enseñanza de ciencias y matemáticas debe fortalecerse con metodologías cercanas y referentes femeninos visibles, para que ninguna sienta que es un espacio ajeno.
Valeria Carpio es PhD en nutrición y salud pública, decana de la Facultad de Salud Pública de la Espoch y directora del Grupo de Investigación en Alimentación y Nutrición Humana. Su hija, María Victoria Flores Carpio, tiene 11 años. Y ha crecido viendo de cerca lo que significa investigar. Su trabajo consiste en ayudar a personas, especialmente en proyectos vinculados con salud infantil y desnutrición crónica.
María Victoria la acompaña a actividades de investigación. Recorren escuelas rurales y urbanas para recoger información. Luego regresan para devolver los resultados como parte de un compromiso social con los niños y las instituciones. Durante esos recorridos, la pequeña quiere saber por qué es importante ese trabajo y qué pasaría si no se hiciera. A quién ayuda. La curiosidad aparece una y otra vez.
La ciencia también forma parte de la rutina en casa. Valeria a veces da clases los fines de semana o en la noche. Tiene un escritorio en el cuarto de su hija. A altas horas, María Victoria le pregunta si trabajará allí para estar juntas. La normalidad incluye libros abiertos y tareas académicas.
Cuando habla de su madre, la asocia con la medicina. Su oficina está en un edificio con un rótulo grande que dice “Medicina”. Por eso dice: “Mi mami es doctora, trabaja en el área de salud”. Mandiles, guantes y gafas son parte del imaginario científico en casa. También trabajar en laboratorio y colaborar con niños.
A Valeria le gustaría que su hija aprenda a amar la ciencia, a ser curiosa y a no rendirse. Pero, sobre todo, quiere enseñarle algo más profundo: ser feliz, ser libre y que la ciencia sea parte natural de su vida.
La organización plantea que la falta de diversidad limita la creatividad y la innovación. Incluso la IA muestra sesgos cuando los equipos no son diversos. Por ejemplo, sistemas menos eficientes para reconocer voces femeninas.
Entre las acciones clave se destacan:
El lema de 2026 lo resume: aprovechar las sinergias entre inteligencia artificial, STEM, ciencias sociales y sistema financiero para construir un futuro inclusivo para mujeres y niñas.
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¿Por qué este tener más científicas en Ecuador importa?
La desigualdad en ciencia no es una percepción. El informe ‘Status and Trends of Women in Science 2025’ de la Unesco, muestra que solo 31,1% de los investigadores del mundo eran mujeres en 2022. En 2012 la cifra era 29,4%. El avance resulta mínimo.
Aunque 46% de mujeres accede a estudios superiores -frente al 40% de los hombres-, solo 35% de quienes se gradúan en carreras STEM son mujeres. En 112 de 135 países analizados, menos del 20% de las mujeres egresadas elige áreas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemática).
La brecha se extiende a posiciones de poder. Solo una de cada cuatro universidades entre las 200 mejores del mundo tiene una mujer en la máxima posición de liderazgo. Desde 1901, el 4% de los Premios Nobel científicos se otorgó a mujeres. En Ecuador el desafío es claro: 72% del personal científico es masculino, según la Remci. Por eso las referentes importan. Y muchas veces la primera referencia está en casa.
Patricia Acosta-Vargas: ‘La ciencia y la tecnología son espacios donde las niñas pertenecen’
Patricia Acosta-Vargas, PhD en Informática, investiga accesibilidad web, salud digital y ciencia de datos. Enseña, publica y lidera proyectos. Pero en su casa, la tecnología empezó con una pregunta.
Recuerda que un día, su hija, María Belén, se sentó junto a ella mientras trabajaba en la computadora y preguntó para qué servía ese análisis y a quién ayudaba. Patricia entendió que su hija ya conectaba la tecnología con la vida real. En casa, la computadora es una caja de herramientas para crear soluciones. Que los datos cuentan historias. Que escribir ciencia implica rigor y responsabilidad.
Hoy, María Belén tiene 24 años. Cursó medicina y realiza su internado. Colabora con investigadores en la escritura de artículos científicos. Creció viendo a su madre analizar datos, escribir publicaciones y liderar equipos. Pero también han hablado de estereotipos. En libros y clases predominan figuras masculinas en tecnología. Cuando surge esa diferencia, Patricia recuerda que escuchó frases como “eso es muy difícil” o “no hay muchas mujeres en informática”. Aun así, siguió.
Hoy no quiere que su hija tenga que demostrar el doble por ser mujer. Aspira a un entorno donde el talento sea el único criterio. Y repite: la ciencia y la tecnología son espacios donde las niñas pertenecen.
Ma. José López: ‘La ciencia se transmite viviendo’
María José López investiga en la Universidad Politécnica de Cataluña, enseña en la Facultad de Informática y Electrónica de la Espoch, lidera el ‘Stem Women Congress Ecuador’ y la fundación Warmi2warmi. Fue reconocida como una de las 100 Mujeres TIC Referentes de Cataluña 2025. Pero en casa es, simplemente, mamá. Tiene dos hijas: Paz Isabella, de 5 años, y Fe Cayetana, de 1.
Paz entiende que “mamá trabaja con antenas, robots y chicas que quieren ser ingenieras”. La describe como alguien que construye cosas para ayudar a personas y organiza eventos con mujeres que hablan de ciencia. No comprende aún qué significa diseñar lentes dieléctricas u optimizar haces de radar. Pero sí entiende algo esencial: la ciencia mejora vidas.
María José le explica su trabajo con imágenes simples. Las antenas son “orejas muy especiales” que escuchan señales. Investigar es como probar distintas formas de armar un rompecabezas hasta que encaje. Para su hija, la ciencia no es un laboratorio frío. Es curiosidad organizada.
En su casa circulan palabras como experimento, prototipo e intentar de nuevo. Juegan, prueban, fallan y vuelven a intentar. Paz se dibuja con casco, bata o micrófono. Ha compartido escenario con su madre en el primer ‘Stem Women Congress Ecuador’. Verla hablar en auditorios o liderar equipos es cotidiano.
María José cree que la vocación no se enseña, se contagia. La curiosidad no se impone, se modela. Cuando un experimento falla, repite una frase que también se dice a sí misma: “Los errores son datos”.
Le habla de artículos rechazados, de simulaciones que no convergen. La ciencia, dice, no es perfecta. Es profundamente humana. Aspira a que su hija crezca asociando ciencia con curiosidad, perseverancia, ética y servicio. Y tiene claro qué debe cambiar en Ecuador: más representación real de científicas, políticas que acompañen la maternidad en la academia y educación temprana libre de estereotipos.
Carlota Moreno enseña ciencia en la casa y en el campo
Carlota Moreno es directora del Centro de Investigación de Alimentos de la Universidad UTE. Sus hijas, Rebeca (19 años) y Juliana (12), saben que el trabajo de su madre no se limita al laboratorio. Entienden que incluye experimentos y salidas de campo para recolectar, cosechar material vegetal y estudiarlo.
Esos viajes no solo les permitieron conocer distintos lugares del país. También observar de cerca cómo se construye una investigación. Las dos viven la ciencia de forma distinta. Juliana, la menor, muestra un interés más directo: pregunta, se involucra y quiere saber más sobre las investigaciones. Rebeca conectó desde la experiencia. Cuando era pequeña acompañaba a Carlota a la cosecha de muestras.
En casa, la ciencia se traduce en ejemplos cotidianos. Carlota explica que investiga tecnología poscosecha y compuestos bioactivos en frutas y tubérculos andinos. Habla de cómo se conservan mejor y qué componentes aportan beneficios para la salud. Desde ahí insiste en la importancia de consumir frutas y vegetales por su aporte de vitaminas y antioxidantes. Las conversaciones sobre el valor nutricional de productos forman parte de la vida diaria. Influyen en lo que compran y en cómo preparan.
Carlota desea que sus hijas encuentren entornos donde su voz sea escuchada y ser mujer no sea una barrera. Cree que en Ecuador la enseñanza de ciencias y matemáticas debe fortalecerse con metodologías cercanas y referentes femeninos visibles, para que ninguna sienta que es un espacio ajeno.
Valeria Carpio recorre escuelas y se desvela junto con su niña
Valeria Carpio es PhD en nutrición y salud pública, decana de la Facultad de Salud Pública de la Espoch y directora del Grupo de Investigación en Alimentación y Nutrición Humana. Su hija, María Victoria Flores Carpio, tiene 11 años. Y ha crecido viendo de cerca lo que significa investigar. Su trabajo consiste en ayudar a personas, especialmente en proyectos vinculados con salud infantil y desnutrición crónica.
María Victoria la acompaña a actividades de investigación. Recorren escuelas rurales y urbanas para recoger información. Luego regresan para devolver los resultados como parte de un compromiso social con los niños y las instituciones. Durante esos recorridos, la pequeña quiere saber por qué es importante ese trabajo y qué pasaría si no se hiciera. A quién ayuda. La curiosidad aparece una y otra vez.
La ciencia también forma parte de la rutina en casa. Valeria a veces da clases los fines de semana o en la noche. Tiene un escritorio en el cuarto de su hija. A altas horas, María Victoria le pregunta si trabajará allí para estar juntas. La normalidad incluye libros abiertos y tareas académicas.
Cuando habla de su madre, la asocia con la medicina. Su oficina está en un edificio con un rótulo grande que dice “Medicina”. Por eso dice: “Mi mami es doctora, trabaja en el área de salud”. Mandiles, guantes y gafas son parte del imaginario científico en casa. También trabajar en laboratorio y colaborar con niños.
A Valeria le gustaría que su hija aprenda a amar la ciencia, a ser curiosa y a no rendirse. Pero, sobre todo, quiere enseñarle algo más profundo: ser feliz, ser libre y que la ciencia sea parte natural de su vida.
¿Qué propone la Unesco para cerrar la brecha?
La organización plantea que la falta de diversidad limita la creatividad y la innovación. Incluso la IA muestra sesgos cuando los equipos no son diversos. Por ejemplo, sistemas menos eficientes para reconocer voces femeninas.
Entre las acciones clave se destacan:
- Impulsar políticas inclusivas con enfoque de género.
- Financiamiento que promueva liderazgo femenino en investigación.
- Más referentes visibles en ciencia y tecnología.
- Formación temprana en STEM para niñas.
- Integrar inteligencia artificial, ciencias sociales y economía con perspectiva de género.
- Movilizar fondos que incluyan la inclusión social como indicador de rendimiento.
El lema de 2026 lo resume: aprovechar las sinergias entre inteligencia artificial, STEM, ciencias sociales y sistema financiero para construir un futuro inclusivo para mujeres y niñas.
- Enlace externo: Situación y tendencias de la mujer en la ciencia
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