J
Juan Paúl Ponce
Guest
“En una cultura acostumbrada al exceso, a lo fácil y a lo rápido, cuidarse a veces se ve mal. No se lo entiende como salud, sino como privación, como si elegir con criterio fuera sinónimo de tacañería”.
Comer distinto, dormir mejor o prevenir suele generar más comentarios que aplausos, no porque esté mal, sino porque rompe una costumbre colectiva que incomoda y obliga a replantearse hábitos.
Pensemos en escenas cotidianas. ¿Quién lleva frutas a un cumpleaños infantil cuando lo habitual es llenar la mesa de dulces ultraprocesados? ¿Quién pide agua en un restaurante donde la norma es acompañar la comida con bebidas cargadas de azúcar? ¿Quién lleva su almuerzo saludable al trabajo mientras el resto pide comida rápida? Muchas veces, esas decisiones no se leen como cuidado, sino como rareza.
Lo mismo ocurre con la crianza. Hoy es más fácil darle una tableta a un niño que salir a jugar con él. Más rápido entregarle el celular para que no llore o no grite que sentarse a compartir tiempo. El daño, muchas veces, ya está hecho. Y cuando alguien decide volver a lo simple —juego, movimiento, contacto, incluso aburrimiento— suele escucharse que es exagerado o anticuado.
Pero volver a lo básico no es tacañería. Es salud mental y orgánica. Somos seres profundamente relacionales, receptores y generadores de emociones. Mientras más tiempo integremos a las relaciones interpersonales reales, mayor será ese bienestar cotidiano que no se compra ni se improvisa.
Librarte de comer pan no es tacañería; es aliviar la carga metabólica y permitir que el páncreas funcione mejor. Alejarte de la comida dulce no es castigo; es buscar equilibrio orgánico. Preferir agua no es pobreza; es ganar salud con lo más simple. Apagar el celular durante una conversación o dejarlo dos horas antes de dormir no es incomunicarse. Limitar pantallas en la infancia tampoco es crueldad.
Escribir una carta a la persona que quieres no es tacañería; es permitir que el cerebro procese y exprese emociones profundas. Caminar o ir en bicicleta al trabajo no es retroceder; es activar hormonas que fortalecen el corazón y la mente. Hay muchas formas —y muchas veces más coherentes— de cuidar el cuerpo, la mente y los vínculos.
Cuidarse no siempre significa gastar más. Muchas veces significa elegir mejor: tiempo, movimiento, descanso y conexión real. No por un factor económico, sino por prudencia. El cuerpo no necesita excesos para funcionar bien; necesita constancia y equilibrio.
Desde el punto de vista biológico, cuidarse no es ahorrar, es invertir. Dormir bien no es dormir más, sino dormir en el horario adecuado. Comer mejor no es saturar la lengua de sabores, sino nutrirse con conciencia. Moverse, jugar, descansar y prevenir no son lujos: son mantenimiento básico.
Cuando estas decisiones se postergan, el cuerpo se adapta por un tiempo, pero no gratis. El costo aparece después, en cansancio crónico, trastornos del ánimo, problemas metabólicos o dificultad para concentrarse.
Tal vez necesitamos cambiar la mirada. Entender que no todo lo fácil es lo correcto y que volver a lo natural, a lo simple y a lo humano no es retroceder. Cuidarse no es ser tacaño. Es ser responsable con el cuerpo y la mente que nos acompañarán toda la vida.
Sigue leyendo...
Comer distinto, dormir mejor o prevenir suele generar más comentarios que aplausos, no porque esté mal, sino porque rompe una costumbre colectiva que incomoda y obliga a replantearse hábitos.
Pensemos en escenas cotidianas. ¿Quién lleva frutas a un cumpleaños infantil cuando lo habitual es llenar la mesa de dulces ultraprocesados? ¿Quién pide agua en un restaurante donde la norma es acompañar la comida con bebidas cargadas de azúcar? ¿Quién lleva su almuerzo saludable al trabajo mientras el resto pide comida rápida? Muchas veces, esas decisiones no se leen como cuidado, sino como rareza.
Lo mismo ocurre con la crianza. Hoy es más fácil darle una tableta a un niño que salir a jugar con él. Más rápido entregarle el celular para que no llore o no grite que sentarse a compartir tiempo. El daño, muchas veces, ya está hecho. Y cuando alguien decide volver a lo simple —juego, movimiento, contacto, incluso aburrimiento— suele escucharse que es exagerado o anticuado.
Pero volver a lo básico no es tacañería. Es salud mental y orgánica. Somos seres profundamente relacionales, receptores y generadores de emociones. Mientras más tiempo integremos a las relaciones interpersonales reales, mayor será ese bienestar cotidiano que no se compra ni se improvisa.
Librarte de comer pan no es tacañería; es aliviar la carga metabólica y permitir que el páncreas funcione mejor. Alejarte de la comida dulce no es castigo; es buscar equilibrio orgánico. Preferir agua no es pobreza; es ganar salud con lo más simple. Apagar el celular durante una conversación o dejarlo dos horas antes de dormir no es incomunicarse. Limitar pantallas en la infancia tampoco es crueldad.
Escribir una carta a la persona que quieres no es tacañería; es permitir que el cerebro procese y exprese emociones profundas. Caminar o ir en bicicleta al trabajo no es retroceder; es activar hormonas que fortalecen el corazón y la mente. Hay muchas formas —y muchas veces más coherentes— de cuidar el cuerpo, la mente y los vínculos.
Cuidarse no siempre significa gastar más. Muchas veces significa elegir mejor: tiempo, movimiento, descanso y conexión real. No por un factor económico, sino por prudencia. El cuerpo no necesita excesos para funcionar bien; necesita constancia y equilibrio.
Desde el punto de vista biológico, cuidarse no es ahorrar, es invertir. Dormir bien no es dormir más, sino dormir en el horario adecuado. Comer mejor no es saturar la lengua de sabores, sino nutrirse con conciencia. Moverse, jugar, descansar y prevenir no son lujos: son mantenimiento básico.
Cuando estas decisiones se postergan, el cuerpo se adapta por un tiempo, pero no gratis. El costo aparece después, en cansancio crónico, trastornos del ánimo, problemas metabólicos o dificultad para concentrarse.
Tal vez necesitamos cambiar la mirada. Entender que no todo lo fácil es lo correcto y que volver a lo natural, a lo simple y a lo humano no es retroceder. Cuidarse no es ser tacaño. Es ser responsable con el cuerpo y la mente que nos acompañarán toda la vida.
Sigue leyendo...