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Rodolfo Aliaga
Guest
Una columna periodística ha sido a menudo en Bolivia, y más ahora en tiempos de crisis generalizada, un escenario al que se suben los “espontáneos” y tocan de oído. Otras columnas son la letanía siempre igual de un tipo o tipa que protesta incesantemente por la desgracia de ser boliviano (a).
Están las columnas calculadas para agradar a algunos y simultáneamente ofender a otros. Y las que repiten ad nauseam el mismo puñado de viejos chistes.
Lo invitamos a leer: La empleomanía, rentismo de ayer y hoy
Están las columnas de los jóvenes profesionales que escriben para hacerse notar por futuros clientes o empleadores. Las de aspirantes a enrolarse en el gobierno o a ganar consultorías de algún organismo; estas se escriben de rodillas. Las de amas de casa que miran todo desde la perspectiva de su vida doméstica, que quizá sea la mejor. Y las columnas de quienes tienen que tener columnas porque en el pasado los verdaderos caballeros (sus ancestros) las solían tener.
Con una columna en el medio de comunicación adecuado se puede conseguir amigos en los círculos diplomáticos, así como ambiguos admiradores del sexo opuesto. Se puede obtener invitaciones para ir a almuerzos, inauguraciones e incluso, con suerte, viajes al extranjero.
Seamos sinceros: en Bolivia el columnismo solo paga en especie.
Está la columna del mozuelo que al publicarla cumplió un “sueño” que sería, a la vez, la pesadilla de sus lectores.
Está la columna que no se lee, que es la mayoritaria. La columna que hay que mandar en cadenas de correo electrónico y WhatsApp con ruegos para que alguien le eche una ojeada.
Está la columna medio amargada del viejo periodista que ya ha intentado todo –reportajes, libros, toda clase de proyectos de opinión y análisis– pero nunca logrará la popularidad de un influencer pronunciando interjecciones delante de una cámara.
Pero hay compensaciones: publicar una columna escrita no merece demasiadas “funeadas” de la “fachósfera”, ya que por definición ésta está compuesta de quienes tienen flojera de leer.
Mi primera columna se llamaba “El Reventón” y salía en la Teleguía de La Razón de los primeros años 90 del siglo XX. Era una guía de boliches, vademécum de las almas extraviadas. Nunca ninguna otra que hubiera inventado tendría más éxito.
Mi siguiente columna se alojó en La Prensa y salía los lunes, aunque yo era el subdirector de ese periódico y los lunes, nuestro peor día de ventas. Ocurría que era una columna literaria, ergo, solo le interesaba a mi mamá, que la recortaba y guardaba en una caja de zapatos junto con la de mi hermano Sergio, también periodista. La de él tenía un nombre excelente: “La columna robada”. El de la mía, en cambio, era “Alto como un infolio”. Ustedes ya ven. Luego lo cambiaría por “Bibliofagia”, que no resultaba mejor.
Volví a La Razón de principios de siglo con mi columna de libros, pero me despidieron rápido. Entonces creé, en el semanario Pulso, que dirigía en ese tiempo, la serie de entregas “Pulso de las palabras”, en la que cometí el peor pecado de arrogancia eurocentrista de mi vida: pretender enseñar a “hablar bien” español en un país plurilingüe y poscolonial. Un exceso que quedó registrado en dos libros y del que me sentía muy orgulloso hasta que el profesor de literatura Gilmar González me lo hizo notar.
Luego pasé a Página Siete, El Deber, Brújula Digital y otra vez a La Razón. En esta etapa “madura” me propuse no publicar más que columnas enjundiosas y bien documentadas, una prevención que me hizo ganar relevancia pero perder gancho y frescura. Sin embargo, sigo creyendo que una “verdadera” columna es aquella en la que el estilo es tan o más importante que el contenido.
Y aquí es donde estamos ahora, querido lector.
Los columnistas tenemos nuestros santos patronos o, más bien, nuestros espectros propicios: el fantasma chueco de Augusto Céspedes, condenado a mundanidad eterna por su apoyo a los gobiernos militares; esa alma negra y a la vez deslumbrante que se llamó René Zavaleta; Walter Montenegro, “el espíritu de la levedad” que describió Ítalo Calvino; los rigurosos espectros Urzagasti y Vargas, oteando la amada provincia Bolivia desde la atalaya de Presencia Literaria.
Uno quiere imitarlos, pero al final hace lo que puede. No en otra cosa consiste la vida.
Feliz año de nuevas lecturas, lectores. Que las columnas de este año aprovechen.
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Están las columnas calculadas para agradar a algunos y simultáneamente ofender a otros. Y las que repiten ad nauseam el mismo puñado de viejos chistes.
Lo invitamos a leer: La empleomanía, rentismo de ayer y hoy
Están las columnas de los jóvenes profesionales que escriben para hacerse notar por futuros clientes o empleadores. Las de aspirantes a enrolarse en el gobierno o a ganar consultorías de algún organismo; estas se escriben de rodillas. Las de amas de casa que miran todo desde la perspectiva de su vida doméstica, que quizá sea la mejor. Y las columnas de quienes tienen que tener columnas porque en el pasado los verdaderos caballeros (sus ancestros) las solían tener.
Con una columna en el medio de comunicación adecuado se puede conseguir amigos en los círculos diplomáticos, así como ambiguos admiradores del sexo opuesto. Se puede obtener invitaciones para ir a almuerzos, inauguraciones e incluso, con suerte, viajes al extranjero.
Seamos sinceros: en Bolivia el columnismo solo paga en especie.
Está la columna del mozuelo que al publicarla cumplió un “sueño” que sería, a la vez, la pesadilla de sus lectores.
Está la columna que no se lee, que es la mayoritaria. La columna que hay que mandar en cadenas de correo electrónico y WhatsApp con ruegos para que alguien le eche una ojeada.
Está la columna medio amargada del viejo periodista que ya ha intentado todo –reportajes, libros, toda clase de proyectos de opinión y análisis– pero nunca logrará la popularidad de un influencer pronunciando interjecciones delante de una cámara.
Pero hay compensaciones: publicar una columna escrita no merece demasiadas “funeadas” de la “fachósfera”, ya que por definición ésta está compuesta de quienes tienen flojera de leer.
Mi primera columna se llamaba “El Reventón” y salía en la Teleguía de La Razón de los primeros años 90 del siglo XX. Era una guía de boliches, vademécum de las almas extraviadas. Nunca ninguna otra que hubiera inventado tendría más éxito.
Mi siguiente columna se alojó en La Prensa y salía los lunes, aunque yo era el subdirector de ese periódico y los lunes, nuestro peor día de ventas. Ocurría que era una columna literaria, ergo, solo le interesaba a mi mamá, que la recortaba y guardaba en una caja de zapatos junto con la de mi hermano Sergio, también periodista. La de él tenía un nombre excelente: “La columna robada”. El de la mía, en cambio, era “Alto como un infolio”. Ustedes ya ven. Luego lo cambiaría por “Bibliofagia”, que no resultaba mejor.
Volví a La Razón de principios de siglo con mi columna de libros, pero me despidieron rápido. Entonces creé, en el semanario Pulso, que dirigía en ese tiempo, la serie de entregas “Pulso de las palabras”, en la que cometí el peor pecado de arrogancia eurocentrista de mi vida: pretender enseñar a “hablar bien” español en un país plurilingüe y poscolonial. Un exceso que quedó registrado en dos libros y del que me sentía muy orgulloso hasta que el profesor de literatura Gilmar González me lo hizo notar.
Luego pasé a Página Siete, El Deber, Brújula Digital y otra vez a La Razón. En esta etapa “madura” me propuse no publicar más que columnas enjundiosas y bien documentadas, una prevención que me hizo ganar relevancia pero perder gancho y frescura. Sin embargo, sigo creyendo que una “verdadera” columna es aquella en la que el estilo es tan o más importante que el contenido.
Y aquí es donde estamos ahora, querido lector.
Los columnistas tenemos nuestros santos patronos o, más bien, nuestros espectros propicios: el fantasma chueco de Augusto Céspedes, condenado a mundanidad eterna por su apoyo a los gobiernos militares; esa alma negra y a la vez deslumbrante que se llamó René Zavaleta; Walter Montenegro, “el espíritu de la levedad” que describió Ítalo Calvino; los rigurosos espectros Urzagasti y Vargas, oteando la amada provincia Bolivia desde la atalaya de Presencia Literaria.
Uno quiere imitarlos, pero al final hace lo que puede. No en otra cosa consiste la vida.
Feliz año de nuevas lecturas, lectores. Que las columnas de este año aprovechen.
(*) Fernando Molina es periodista
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