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Ashley Quesada
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El cineasta venezolano-costarricense Carlos Gómez de la Espriella llevará este lunes 17 de agosto al Cine Magaly dos documentales que transitan por territorios y problemas distintos, pero que parten de una preocupación común: cómo viven las comunidades cuando las condiciones que sostienen su permanencia comienzan a transformarse.
La función, programada para las 7 p.m., reunirá Cantos de Batalla, un cortometraje de 16 minutos sobre la memoria musical de las luchas ecologistas costarricenses, y El Río del Perro, un largometraje de 70 minutos que retrata a un pueblo de los llanos venezolanos afectado por el colapso del puente que lo comunicaba con el resto del país. La entrada será a mitad de precio y la jornada concluirá con un conversatorio con el director.
Para Gómez de la Espriella, la distancia entre ambos relatos es menos evidente cuando se mira el territorio como eje. El realizador consideró que, aunque los contextos son distintos, ambas películas nacen de un interés por “la permanencia, por conocer nuestros territorios, por protegerlos, por permanecer ahí, por vivir incluso en estos territorios y que la vida en estos territorios sea posible en las próximas décadas y siglos”.
Desde su plataforma y productora Trópico Rural, el cineasta parte de la idea de que “el trópico es uno solo”: una franja que atraviesa distintos continentes y que, pese a sus diferencias políticas y culturales, comparte características naturales y problemáticas rurales. Esa mirada, según contó en entrevista con UNIVERSIDAD, permite poner en diálogo una historia de los llanos venezolanos con otra vinculada a las luchas ambientales en Costa Rica.
En Cantos de Batalla, esa relación con el territorio se construye mediante la música. El cortometraje recupera canciones asociadas con marchas y luchas por la defensa de la naturaleza y muestra cómo la creación musical puede convertirse en parte del archivo de un movimiento social. La película, según Gómez de la Espriella, nace también de las amenazas ambientales que atraviesan Costa Rica y de las denuncias expresadas en los temas interpretados y compuestos para el proyecto.
En el caso de El Río del Perro, la cámara se instala durante mucho más tiempo. El documental fue construido a partir de registros realizados durante una década en Espino, un pueblo de unos 5.000 habitantes en los llanos venezolanos. Gómez de la Espriella no llegó al lugar únicamente para filmar: vivió allí. “No es un cine de alguien que vive en la ciudad y va a una zona rural a filmar, sino un cine de alguien que vive en esta zona rural y está filmando”, explica.
Esa permanencia es central en su método. El director trabaja desde el cine de observación y la llamada observación participante, una práctica vinculada con la etnología que supone involucrarse en la cotidianidad de la comunidad que se registra. El resultado, señaló, terminó funcionando como “una especie de diario de campo filmado durante 10 años”, posteriormente organizado en una película de 70 minutos.
El colapso del puente sobre el río del Perro funciona en el documental como una muestra de la relación entre modernización, dependencia y capacidad comunitaria para resolver problemas. Aunque para los habitantes de la zona atravesar ríos sin puente no era una novedad, la interrupción de esa infraestructura modificó actividades cotidianas y dificultó el acceso a bienes que se habían vuelto indispensables. Ante esa situación, la comunidad construyó una pasarela peatonal para intentar resolver el aislamiento. Gómez de la Espriella consideró esa respuesta colectiva una de las escenas que mejor sintetizan la película.
El director también defiende una diferencia entre registrar una realidad y convertirla en cine. Para él, condensar 10 años de observación en 70 minutos implica un trabajo artístico que incluye montaje, sonido y música. “Eso solamente se puede hacer si uno quiere lograr esto, es decir, lograr proyectar una película en la gran pantalla”, subrayó.
Esa decisión también implica una responsabilidad. Gómez de la Espriella aseguró que procuró no cruzar una línea en la que el documental manipulara los hechos registrados y subraya que existe un compromiso con la historia contemporánea de Venezuela y de América Latina.
Más allá de los paisajes, el realizador busca cuestionar la imagen simplificada que desde las ciudades suele construirse sobre el campo, la de un espacio que puede aparecer como paradisíaco o como peligroso, pero rara vez como un territorio complejo donde las personas trabajan, producen alimentos, enfrentan dificultades y construyen soluciones. “Cuando se conocen estas realidades, yo creo que la gente al conocer se siente como más involucrada”, reflexionó.
Por eso, Gómez de la Espriella defiende la experiencia colectiva de la sala de cine como parte de la propia propuesta documental. Después de la función habrá un espacio de conversación con el público, algo que, según el director, permite extender la película hacia el intercambio y la reflexión. “El arte cinematográfico” puede servir, dijo, para “sensibilizar”, pero también para acercar al público a realidades rurales que difícilmente podría conocer de otra manera.
La función tiene además un componente personal para el director. Hijo de madre costarricense y padre venezolano, considera especialmente significativa la presentación de El Río del Perro en Costa Rica y la posibilidad de compartirla tanto con la comunidad venezolana como con el público costarricense. El Cine Magaly, añade, ocupa un lugar especial dentro de esa elección por tratarse de una sala histórica y emblemática.
La entrada Cine documental lleva a la pantalla la defensa del territorio en Venezuela y Costa Rica aparece primero en Semanario Universidad.
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