L
Lorena Fernández Abdo
Guest
“Mami, ¿me compras un cacao?” … este, ¿un qué? ¿Un chocolate?
“No, mami, un cacao. Necesito un cacao para mi presentación en la escuela sobre las variedades de cacao del Ecuador.”
Ah, claro. No faltaba más. Déjame me bajo rapidito de Los Andes para ir a cosecharte un cacao, mijita.
Cuando yo estaba en la escuela, pedir un cromo de un cacao ya era bastante. Pero una fruta fresca cosechada de nada menos que de un theobroma cacao, hubiese sido como pedirle a mi mamá que en el camino a casa me de consiguiendo un duende bilingüe.
A ver, en el Ecuador siempre ha habido cacao. Es más, de aquí mismo es la plantita. Pero si vamos a ser honestos, el cacao no ha sido una fruta que figura en los mercados populares, ni siquiera ha sido siempre un producto estrella de nuestra cartera de exportación.
En 1993, cuando mi profe de la escuela no nos enseñó sobre el cacao, salvándose mi madre de conversaciones incómodas con la casera, el Ecuador produjo 70 toneladas métricas de cacao, que dentro de la producción global era poco más que una funda de chocolates.
En los siguientes 20 años, los cacaoteros de este país de maravillas redoblaron sus esfuerzos, y para el 2024 el Ecuador produjo nada menos que 337 149 toneladas métricas de la pepa de oro.
Ahora bien, no podemos darnos de grandes cacaos, esa corona la tiene Costa de Marfil desde hace rato, y a pesar de que episodios climáticos afectaron su producción ese año, los líderes africanos se subieron las mangas y entregaron al mundo 2.23 millones de toneladas métricas de cacao.
Si usted, querido lector, como yo, tuvo alguna vez la brillante idea de transformar un cacao fresco en una barra de chocolate en su propia cocina, sabrá que sudar pepas es solo el principio.
Casi tan difícil como fermentar, tostar, moler, mezclar, calentar, enfriar, calentar otra vez, y embarrar todo de chocolate, es el proceso de compra y venta de cacao en mercados internacionales. Se hacen especulaciones de clima, siembra, cosecha, y condiciones de exportación para cada país productor, así como la especulación de demanda en cada país de consumo, lo cual resulta en una montaña rusa de precios de los cuales millones de familias dependen alrededor del planeta.
En el 2025, por ejemplo, todos los países productores nos comimos un Toblerone de lado con los precios históricos que alcanzó el cacao. Esto se dio, entre otras cosas, por los episodios climáticos mencionados en África occidental, que achicó la cosecha. Estaba tan increíblemente alto el precio del cacao, que aquí, en las provincias costeras y amazónicas donde se cultiva, todo el mundo y su hermano salieron corriendo a sembrar cacao. Adivinen qué pasó.
Todavía estaban calientes las cenizas del año viejo, cuando el precio del cacao empezó a desplomarse, pues se espera, dado todo el alboroto, que los líderes de mercado se apliquen y recuperen su producción para este año, y que mercados como el Ecuador también produzcan en abundancia.
Hasta eso, los chocolateros de Europa y Estados Unidos ya se pusieron las pilas y cambiaron sus recetas de chocolate para que tengan menos cacao, porque qué horror los precios, y así, de pronto, nos quedamos sin pan ni pedazo.
Como decía Celia Cruz, no hay que llorar, que la vida es un carnaval, y ya mismo viene la Pascua. Aprovechemos la coyuntura de los huevitos de conejo de chocolate y otras discrepancias religiosas y biológicas para apoyar a los chocolateros ecuatorianos.
No ha sido solo el sector agrícola que ha avanzado el cacao ecuatoriano en las últimas décadas. Hoy en día encontrar chocolate de la más alta calidad mundial es cuestión de ponerse los zapatos y pasar por la puerta de una de las varias chocolaterías a lo largo y ancho del territorio nacional. Desde marcas que se encuentran en el supermercado, hasta las que se venden a una clientela esotérica de extranjeros por precios exorbitantes. Así como a un francés se le concede el derecho de objetar un vino, o a un argentino se le permite que critique la calidad de un alfajor, el ecuatoriano tiene a su disposición todo lo necesario para ser un experto del buen chocolate.
Dicen que toma una aldea criar un guagua. Gracias a la maravillosa aldea amazónica de donde viene una de las madres de la clase de mi guagua, una generosa cantidad y variedad de cacaos frescos llegaron a la presentación de los chicos, quienes pueden reconocer las variedades de cacao que crecen en el Ecuador solo viendo la fruta. Campo, mercado, tienda, y aula. Eso es progreso.
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“No, mami, un cacao. Necesito un cacao para mi presentación en la escuela sobre las variedades de cacao del Ecuador.”
Ah, claro. No faltaba más. Déjame me bajo rapidito de Los Andes para ir a cosecharte un cacao, mijita.
Cuando yo estaba en la escuela, pedir un cromo de un cacao ya era bastante. Pero una fruta fresca cosechada de nada menos que de un theobroma cacao, hubiese sido como pedirle a mi mamá que en el camino a casa me de consiguiendo un duende bilingüe.
A ver, en el Ecuador siempre ha habido cacao. Es más, de aquí mismo es la plantita. Pero si vamos a ser honestos, el cacao no ha sido una fruta que figura en los mercados populares, ni siquiera ha sido siempre un producto estrella de nuestra cartera de exportación.
En 1993, cuando mi profe de la escuela no nos enseñó sobre el cacao, salvándose mi madre de conversaciones incómodas con la casera, el Ecuador produjo 70 toneladas métricas de cacao, que dentro de la producción global era poco más que una funda de chocolates.
En los siguientes 20 años, los cacaoteros de este país de maravillas redoblaron sus esfuerzos, y para el 2024 el Ecuador produjo nada menos que 337 149 toneladas métricas de la pepa de oro.
Ahora bien, no podemos darnos de grandes cacaos, esa corona la tiene Costa de Marfil desde hace rato, y a pesar de que episodios climáticos afectaron su producción ese año, los líderes africanos se subieron las mangas y entregaron al mundo 2.23 millones de toneladas métricas de cacao.
Si usted, querido lector, como yo, tuvo alguna vez la brillante idea de transformar un cacao fresco en una barra de chocolate en su propia cocina, sabrá que sudar pepas es solo el principio.
Casi tan difícil como fermentar, tostar, moler, mezclar, calentar, enfriar, calentar otra vez, y embarrar todo de chocolate, es el proceso de compra y venta de cacao en mercados internacionales. Se hacen especulaciones de clima, siembra, cosecha, y condiciones de exportación para cada país productor, así como la especulación de demanda en cada país de consumo, lo cual resulta en una montaña rusa de precios de los cuales millones de familias dependen alrededor del planeta.
En el 2025, por ejemplo, todos los países productores nos comimos un Toblerone de lado con los precios históricos que alcanzó el cacao. Esto se dio, entre otras cosas, por los episodios climáticos mencionados en África occidental, que achicó la cosecha. Estaba tan increíblemente alto el precio del cacao, que aquí, en las provincias costeras y amazónicas donde se cultiva, todo el mundo y su hermano salieron corriendo a sembrar cacao. Adivinen qué pasó.
Todavía estaban calientes las cenizas del año viejo, cuando el precio del cacao empezó a desplomarse, pues se espera, dado todo el alboroto, que los líderes de mercado se apliquen y recuperen su producción para este año, y que mercados como el Ecuador también produzcan en abundancia.
Hasta eso, los chocolateros de Europa y Estados Unidos ya se pusieron las pilas y cambiaron sus recetas de chocolate para que tengan menos cacao, porque qué horror los precios, y así, de pronto, nos quedamos sin pan ni pedazo.
Como decía Celia Cruz, no hay que llorar, que la vida es un carnaval, y ya mismo viene la Pascua. Aprovechemos la coyuntura de los huevitos de conejo de chocolate y otras discrepancias religiosas y biológicas para apoyar a los chocolateros ecuatorianos.
No ha sido solo el sector agrícola que ha avanzado el cacao ecuatoriano en las últimas décadas. Hoy en día encontrar chocolate de la más alta calidad mundial es cuestión de ponerse los zapatos y pasar por la puerta de una de las varias chocolaterías a lo largo y ancho del territorio nacional. Desde marcas que se encuentran en el supermercado, hasta las que se venden a una clientela esotérica de extranjeros por precios exorbitantes. Así como a un francés se le concede el derecho de objetar un vino, o a un argentino se le permite que critique la calidad de un alfajor, el ecuatoriano tiene a su disposición todo lo necesario para ser un experto del buen chocolate.
Dicen que toma una aldea criar un guagua. Gracias a la maravillosa aldea amazónica de donde viene una de las madres de la clase de mi guagua, una generosa cantidad y variedad de cacaos frescos llegaron a la presentación de los chicos, quienes pueden reconocer las variedades de cacao que crecen en el Ecuador solo viendo la fruta. Campo, mercado, tienda, y aula. Eso es progreso.
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