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Jenny Martínez
Guest
Un ecuatoriano dirigió el orfeón infantil mexicano
Fabián Valdivieso Calvo, quiteño, en 1947 dirigió el Orfeón Infantil Mexicano, tras haberle solicitado su director, el maestro Rogelio Zarzoza, que lo condujera en su gira a Belém do Pará, Brasil. Por sus condiciones musicales fue elegido a sus 14 años para esta importante responsabilidad al frente de este gran coro de América. Este cantante y pianista, alumno del maestro Belisario Peña y compañero del concertista Leslie Wright, luego sería, ya como capitán de marina, quien transportara el primer barril de petróleo extraído en Ecuador. Casado con Carmita Anda, ganadora del ‘Pondo de Oro’ al mejor ceviche y locro en Pichincha, dedicó 30 años a impulsar la Hostería Castellmar. Ecuador recuerda en estos días su retorno cuando representó al Ecuador con dos privilegiadas voces ecuatorianas más, Alfonso Solines y Francisco Cano (+), luego de la exitosa gira por toda América junto a artistas como Pedro Vargas, Los Panchos, Dolores del Río, y que culminara con la grabación de una película, en el mismo set donde grababa, entonces, el famoso Cantinflas. Orgullo ecuatoriano, que hoy cumple 92 años de edad.
Diego Valdivieso
La soberanía se desangra entre el decreto y el microestado
Ecuador atraviesa hoy una de las crisis de identidad estatal más graves de su historia republicana. Lo que hace años se advertía como una amenaza lejana, hoy es una realidad tangible en Esmeraldas, Durán, gran parte de Manabí y los puertos: la mutación de las bandas criminales en auténticos microestados. En estos territorios, el Estado ecuatoriano es un visitante ocasional que llega con blindados y se retira al caer el sol, dejando la gobernanza real en manos del narcoterrorismo.
El Gobierno del presidente Noboa ha apostado todo al Plan Fénix, una estrategia que, aunque ha logrado movilizar a las Fuerzas Armadas y sostener un control táctico en las cárceles, empieza a mostrar las costuras de su agotamiento, síndrome de burnout. No se puede gobernar un país bajo el estado de excepción eterno. La excepción, cuando se vuelve regla, pierde su capacidad de asombro y, peor aún, su efectividad operativa. Mientras el despliegue militar se concentra en las avenidas principales para la fotografía oficial, en los callejones la soberanía se negocia bajo la ley del “plata o plomo”.
La tragedia de Ecuador no es solo la violencia; es la metástasis institucional. De nada sirve el sacrificio de policías y soldados en las calles si el sistema judicial es un colador de impunidad, donde jueces y fiscales —ya sea por complicidad o por un abandono estatal que los deja sin protección— desmantelan en horas lo que tomó meses investigar. La Asamblea Nacional, por su parte, sigue sumida en un autismo político, priorizando la pugna de fuerzas sobre las reformas estructurales que el país reclama a gritos.
Urge una intervención sistémica. Si no se depuran simultáneamente las cortes, las filas policiales, los cuarteles y los Gobiernos Autónomos Descentralizados (GADs) —muchos de ellos hoy cajas chicas del crimen organizado—, cualquier plan de seguridad será pura cosmética.
Ecuador no necesita más retórica de guerra ni campañas de TikTok; necesita la recuperación del territorio a través de una presencia estatal integral. La verdadera derrota para el narcoterrorismo no vendrá solo del cañón de un fusil, sino de la llegada de la justicia, el empleo y la salud a esas zonas donde hoy el único futuro posible parece ser el sicariato. De lo contrario, seguiremos siendo un país de decretos de papel frente a un enemigo de plomo.
Si el 2026 no marca el inicio de una depuración radical y una inversión social sin precedentes, el país corre el riesgo de volverse un recuerdo cartográfico. La recuperación de Ecuador no vendrá de un nuevo decreto de excepción o toques de queda, sino de la reconstrucción de una ética pública que hoy parece desaparecida y de una política criminal. Sin una intervención que limpie las venas del sistema y devuelva la esperanza a una sociedad abandonada, el “Estado fallido” dejará de ser una advertencia académica para convertirse en la lápida de nuestra democracia.
Si el Estado ha capitulado y la estructura política se ha convertido en un ecosistema de complicidades, la respuesta no puede venir de los mismos despachos que permitieron la debacle. La salvación de Ecuador, hoy fragmentado en microestados de terror, reside en una tríada que debe dar un paso al frente con urgencia histórica: la Iglesia, la Academia y los Gremios.
La soberanía no se recupera solo con botas en la calle; se recupera devolviéndole el país a su gente.
Carlos Eduardo Bustamante Salvador
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