Cartas a Quito / 11 de enero de 2026

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Jenny Martínez

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¿El Gobierno que necesitamos?​


Si el poder que les entregamos en las urnas lo utilizaran para lo que verdaderamente fueron elegidos, tendríamos un estado dedicado a solucionar los graves problemas del país; pueblos desarrollados y sólidos en sus estructuras administrativas, judiciales, del control del orden, de la defensa nacional. Solo que para llegar a ello debe haber mucho coraje para hacerlo y una decisión clara, donde los derechos humanos se concentran en el bien común. Da envidia el desarrollo de Singapur, pero para llegar a ello tuvieron que pasar hechos muy difíciles de asimilar para la consciencia humana; pero, el sacrificio lo están viendo en su mejor calidad de vida actualmente.

En el ardor político generalmente se dice “una cosa es con guitarra y otra cosa con violín”. Ser crítico es fácil, pero el camino para dirigir un organismo, peor un Estado y, alcanzar un objetivo, está lleno de trabas, de leyes, de decretos, de disposiciones y de intereses, junto a una burocracia (dueños de los puestos) que hace lentos los procesos y encima de ello la judicialización y el control que se ejerce sobre el mismo, hace que los procesos se vean demasiado lentos, como negligencia de la autoridad, que hace pensar que no tiene capacidad, conocimientos y le queda corto su designación.

Hay gobiernos que tienen mayoría en la Asamblea y aprovechan para aprobar leyes en beneficio de las grandes mayorías, pero también hay otros que tienen intereses privados que los toman de acuerdo a sus conveniencias particulares o para beneficio propio.

Por otro lado, la inversión extranjera quiere todas las prebendas y beneficios para ellos, y el gobierno recibe las migajas que dejan la actividad a desarrollar, sea en minería, petróleo, por un supuesto riesgo por la inversión de exploración, cuando ellos ya tienen mapeadas las zonas de mayor riqueza.

Somos engañados por lobos vestidos de ovejas, charlatanes y malabaristas que con su labia te hacen ver lo que ellos quieren que veas y te dejas convencer hasta llegar a enfrentar a tu familiar por no pensar igual . Y se crean agrupaciones, con slogan… los verdaderos líderes del pueblo, los honestos somos más y otras distorsiones que justifican con actitudes de fanatismo.

Me hace pensar que lo que el Ecuador necesita es un hombre políticamente preparado y convencido de su capacidad para hacer el cambio de las estructuras, aunque para ello tenga que eliminar la lacra que la sociedad ha dejado pasar, tanto a los de corbata como a los dedicados a delinquir, sobornar, asesinar, violar, traficantes de droga. Un hombre que sepa a qué tiene que enfrentarse y esté decidido a sanear el país, a costa de cualquier amenaza y con una sola consigna, de cambiar el sistema democrático que lo han convertido en el antro que sirve solo para hacer dinero fácil y salir luego a disfrutar de lo robado y seguirse declarando el más honesto que el país ha tenido en el manejo de sus recursos.

Creo que el actual mandatario, a pesar de haber demostrado sapiencia, temple, coraje, valentía para la toma de decisiones, por su convicción cristiana, no va a proceder en la radicalización del mal y seguirá tratando de que las cosas cambien, pero se dará con la oposición que en cada proceso obstaculiza, para que no pueda hacer los cambios requeridos. La política está lejos del objetivo de servir y únicamente está dirigida para servirse.

Lionel Efrain Romero Reyes

Amazonía ecuatoriana: riqueza saqueada, dignidad postergada​


Hablar de la Amazonía ecuatoriana es hablar de seis provincias: Napo, Pastaza, Sucumbíos, Orellana, Morona Santiago y Zamora Chinchipe, que, pese a su inmensa riqueza natural, cultural y estratégica, viven una realidad marcada por el abandono histórico del Estado. Son territorios que sostienen gran parte de la economía nacional, pero que han sido tratados como periferia, como zonas de sacrificio donde se extraen recursos sin devolver desarrollo, bienestar ni justicia social. La Troncal Amazónica es el reflejo más doloroso de esta exclusión. Sus vías deterioradas dificultan la movilidad, encarecen la vida, frenan el comercio y ponen en riesgo permanente a quienes las transitan. A ello se suma un sistema de salud precario: hospitales sin especialidades, sin medicamentos, sin insumos básicos. Para miles de amazónicos, enfermarse equivale a resignarse, pues la atención médica digna sigue siendo un privilegio lejano. La deficiente provisión de servicios básicos, como la electricidad, y los altos índices de desempleo profundizan la desigualdad. La economía local se sostiene gracias al comercio informal y al esfuerzo diario de hombres y mujeres que realizan verdaderas proezas para llevar el sustento a sus hogares, en medio de la indiferencia estatal. Desde esta tribuna del pensamiento y la justicia, es necesario recordar que la igualdad no es un eslogan político, sino un mandato constitucional. El artículo 11, numeral 2 de la Constitución de 2008 consagra el derecho a la igualdad y a la no discriminación; sin embargo, en la Amazonía este derecho sigue siendo una promesa incumplida. La Ley Amazónica, promulgada en mayo de 2016, estableció beneficios claros: universidades en varias provincias amazónicas, incentivos al desarrollo y preferencia laboral para sus habitantes. No obstante, la norma ha quedado, en gran medida, en letra muerta. Peor aún, existe un temor silencioso a exigir derechos, como si reclamar justicia fuera sinónimo de confrontar al poder.

En Orellana y Sucumbíos, provincias petroleras por excelencia, la contaminación ha dejado una herida profunda: altos índices de enfermedades graves, como el cáncer. La pregunta es inevitable: ¿quién responde por estas vidas? Como amazónico, aspiro a que el año 2026 marque un punto de inflexión. Que el presidente de la República, Daniel Noboa Azin, mire a la Amazonía con acciones concretas y no solo con discursos. La Amazonía no pide privilegios: exige justicia, dignidad y respeto.

Elio Roberto Ortega Icaza

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