Año nuevo, mismo sistema: ¿por qué Guatemala no despega?

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Año nuevo, mismo sistema: ¿por qué Guatemala no despega?

No se puede exigir confianza ciudadana mientras se siembra desconfianza desde el poder o desde la oposición.​

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Pedro Cruz


11 de enero de 2026

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Comienza un nuevo año y, como cada enero, se renuevan los discursos, las promesas y las expectativas. Pero en el fondo, Guatemala sigue atrapada en el mismo ciclo: mucho ruido, poco rumbo y un sistema que no termina de sostener el desarrollo que la mayoría sí quiere y sí trabaja todos los días.

Estorban quienes quieren gobernar sin reglas cuando estas no les convienen.


El ciudadano común no vive en ideologías ni en trincheras. Vive en la realidad: madruga, cumple, paga, se esfuerza y resiste. Sin embargo, año tras año ve cómo el país se empantana en las mismas batallas, los mismos conflictos y los mismos errores. Y la pregunta se repite, cada vez con menos paciencia: ¿por qué Guatemala no despega?

Parte de la respuesta está en un patrón que nos negamos a reconocer. Aquí, cada proceso clave se convierte en un campo de guerra. En lugar de fortalecer las instituciones, las debilitamos. En lugar de corregir, arrasamos. Confundimos cambio con destrucción, fiscalización con demolición y justicia con revancha.

Este año no es la excepción. Se avecinan decisiones fundamentales: la elección del nuevo Fiscal General, la renovación de magistrados de la Corte de Constitucionalidad, la conformación de un nuevo Tribunal Supremo Electoral y la elección del Contralor General de Cuentas. Cuatro pilares del Estado que deberían generar estabilidad, certeza y confianza, pero que ya se ven rodeados de presión, sospecha y confrontación.

La elección del Fiscal General debería ser una oportunidad para fortalecer el sistema de justicia, no para capturarlo ni para debilitarlo. La justicia no puede funcionar como instrumento de ajuste de cuentas. Cuando el Ministerio Público se convierte en trofeo de bandos, pierde la justicia y pierde el país. Una justicia fuerte incomoda, sí, pero una justicia manipulada destruye.

Lo mismo ocurre con la Corte de Constitucionalidad. Su función nunca ha sido agradar. Es, por diseño, un contrapeso. Debilitarla porque no gusta una resolución es abrir la puerta para que mañana nadie ponga límites. La Constitución no estorba. Estorban quienes quieren gobernar sin reglas cuando estas no les convienen.

Y qué decir del Tribunal Supremo Electoral. Sin árbitro confiable no hay democracia posible. No se puede exigir confianza ciudadana mientras se siembra desconfianza desde el poder o desde la oposición. Jugar con el árbitro es jugar con el futuro.

A esto se suma la elección del Contralor General de Cuentas, una figura clave y muchas veces subestimada. De su independencia depende que el uso de los fondos públicos sea fiscalizado con seriedad. Un país donde nadie vigila cómo se gasta el dinero de todos repite los mismos abusos.

Aquí está el fondo del problema: Guatemala no está estancada por falta de cambios, sino por exceso de confrontación. Vivimos en una lógica de empezar de cero cada vez, como si destruir lo existente fuera sinónimo de avanzar. Así ningún país despega.

Guatemala no está atrapada por la pobreza ni por la falta de talento, sino por una clase política y redes de corrupción que nunca entendieron el servicio público como vocación, sino como un negocio personal; que usan el Estado para servirse a sí mismos, vaciando de sentido las instituciones y traicionando la confianza de un país que sí quiere avanzar.

Fortalecer instituciones no es encubrir errores ni justificar abusos. Es entender que sin cimientos sólidos no hay progreso posible. Gobernar y oponerse también implica responsabilidad.

La gente ya lo entiende. Está cansada del conflicto eterno, del ruido vacío y de los extremos. Guatemala no necesita más trincheras. Necesita estructura, visión y carácter.

Un país no despega destruyendo sus pilares, sino reforzándolos. Y esa decisión, aunque incomode, ya no se puede seguir postergando.

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