2025: ráfagas electorales de la mano de Chaves

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Álvaro Murillo

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El 8 de enero de 2025, en la primera transmisión de lo que la Presidencia de la República llama “conferencia de prensa”, un periodista asiduo de una emisora regional que a final de año quedaría fuera de la subasta de frecuencias le preguntó al presidente Rodrigo Chaves que a quién apoyaría como candidato presidencial representante suyo para los comicio de febrero de 2026.

Chaves, que ese día llegaba jovial y abundaba en presuntos chistes de los que se reía a carcajadas, dijo que no tenía ni idea y que lo sabría en la soledad de la urna al momento de votar, que no tenía una bola de cristal y que, en todo caso, la Constitución Política le prohíbe participar en campaña electoral. Al menos eso decía.

A su lado estaban la ministra de la Presidencia, Laura Fernández, el de Transportes, Mauricio Batalla, y la de Educación, Anna Katherina Müller, las tres figuras que sólo tres semanas después, entre lágrimas y palabras bonitas, iban a renunciar a sus puestos sin decir con claridad que en realidad iban para el proyecto electoral oficialista en el que, se sabe ahora, el propio Chaves ha resultado ser un protagonista principal.

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La presidenta del TSE, Eugenia Zamora, y Rodrigo Chaves el 1 de octubre, en el acto de convocatoria a elecciones. (Foto: Fabián Hernández)

Semanas después sobrevino la renuncia de Batalla a cualquier proyecto político tras conocerse una denuncia por abusos sexuales contra una empleada de la empresa familiar, y los astros del oficialismo se fueron alineando para que la candidatura presidencial quedara en manos Laura Fernández, la burócrata del Ministerio de Planificación que en 2022 había llegado al cargo de ministra en un gobierno cuyo líder prometía acabar con la política tradicional en la que ella había dado sus primeros pasos.

Fernández llega a finales de 2025 en claro primer lugar en las encuestas, pero su mayor músculo habita fuera de ella. La fuerza le viene del hombre que aquel 8 de enero decía desconocer quién sería su “delfín”, el mandatario quien con su estilo de confrontación consolidado durante el año preelectoral y un cómodo colchón de popularidad ha acabado siendo el actor principal de la campaña hasta ahora. Sobre él a sus 64 años, gira ahora la campaña encaminada a unas elecciones en las que el país se juega su modelo democrático, como advertía en una entrevista el expresidente del Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) Luis Antonio Sobrado.

Cobró valor aquella frase de Chaves de que la Constitución le prohibía inmiscuirse, aunque las acciones son otra cosa y llega a final del año con decenas de denuncias por haberse entrometido, con la posibilidad incluso de perder la inmunidad constitucional, en un proceso que Chaves ha convertido en una nueva oportunidad de subrayar su narrativa: todas las instituciones que no domina están contra él y son parte de una presunta telaraña corrupta en favor de las élites que no le placen y que él intenta someter a la voluntad del “amado pueblo”, al que él ha logrado despertar después de años de presunta dictadura ficticia. En fin, su discurso de cada semana.

De esta manera, Chaves ha construido un camino inédito para la continuidad de su movimiento: una propuesta electoral completamente gestada dentro de un gobierno y basada en un líder que incluso mejoró su popularidad en el último año calendario del cuatrienio, a pesar del fracaso en proyectos bandera como la “Ciudad gobierno”, el “referendo jaguar” o las jornadas laborales 4×3. A su favor tiene las cifras de la economía y la reducción de la pobreza, así como una baja en el desempleo a pesar de que el porcentaje de personas con trabajo activo estaba hasta octubre en 51,7%, en un nivel inferior al de enero de 2022.

Además, el año se cierra con la confirmación de la penetración del narcotráfico en las fibras del país (reflejado en la detención para exilio del exmagistrado Celso Gamboa) y un empeoramiento percibido sobre la educación y la salud públicas, así como su planificadas acciones para dinamitar el diálogo con otras instituciones y la dinámica de los “pesos y contrapesos”, base del sistema democrático. Aquel 8 de enero llamó “manga de comehuevos” a los miembros de la Asamblea Legislativa después de que Fernández dijo que ellos no cambiarían su actitud opositora al Ejecutivo porque “perro que come huevos ni quemándole el hocico”. A ese nivel.

A veces no se puede arreglar una casa, sino que conviene demolerla para volver a construir, dicho Chaves en un discurso en Cartago, en el mes de septiembre, cuando atiborró su agenda de actos públicos e inauguraciones antes la mordaza que, según él, le impondría al Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) al advertirle que no podía emitir propaganda gubernamental por ningún medio desde el 1 de octubre, cuando las autoridades convocaron a elecciones de febrero.

Ha sido un año que se ha hecho corto para tanta estridencia, misterios y anuncios. Empezó desde ese 8 de enero cuando dejó abierta la posibilidad de renunciar para pelear por una diputación. “Tengan paz”, dijo entonces. También repitió su “tic-tac” que usa para aludir a las elecciones sin admitir que lo hace. Y reiteró el calificativo rebuscado de “ópera bufa” para calificar discusiones en su contra, en ese momento dedicado a la Asamblea Legislativa, pero en septiembre lo haría también en torno al inédito debate sobre el retiro de la inmunidad para poder ser enjuiciado sobre el caso BCIE, una votación en la que salió victorioso gracias al grupo de Fabricio Alvarado y algunos del Partido Unidad Social Cristiana (PUSC). No pensaba que días después el TSE también pediría el desafuero presidencial, más alimento para su discurso de desdén institucional.

En el calendario quedó la inédita marcha de simpatizantes de Chaves que él dirigió contra la Fiscalía General en marzo, aquellas vallas que un empresario afín al oficialismo hizo poner en carreteras con los rostros de jerarcas que Chaves se ha pasado criticando, los que se verían en problemas cuando el chavismo obtenga 40 diputados, como se propone.

Lo decía desde un principio el Observatorio de la Política Nacional (OPNA) de la Universidad de Costa Rica al apuntar a la confrontación como el estilo que apuntó contra todo tipo de instituciones ajenas a su mando, incluida la Iglesia católica a finales de noviembre. “Es previsible que (la confrontación) será parte de la comunicación electoral de la eventual candidatura del chavismo, que insistirá en mantener el control del Ejecutivo y eventualmente del Legislativo, para transitar del “me como la bronca” a querer ganar las próximas elecciones para sacar a “la élite corrupta que no nos dejó comernos la bronca”. Nada muy original en comparación con otros gobiernos del momento, sobre todo el de Nayib Bukele, que cuando vino a Costa Rica en 2024 dio su mejor consejo totalitarista para resolver el principal problema del país: “él es el líder (…) no puede tener a los otros poderes del Estado amarrándole los pies y las manos”.

Aunado a ese escenario, el 2025 también confirmó que Chaves dejó atrás sus buenos modos con las cámaras empresariales, con las cuales mostraba cercanía a inicios del gobierno. “El mandatario ha promovido una forma de relación con el empresariado basada en vínculos personalizados y de lealtad directa, desplazando de esta forma la intermediación gremial de las cámaras empresariales tradicionales. Desde el OPNA se considera que puede aducir a una estrategia que tiene como fin el reconfigurar el poder económico en el país, consolidando una red de aliados empresariales menos estructurada, pero más dependiente del Poder Ejecutivo”, señaló el Observatorio.

Todo esto, con el gabinete más inestable en la historia del país (en julio se marcharon otros ministros que quieren ser diputados) y con otra condición nunca vista: sin una figura de ministro de la Presidencia, pues Chaves decidió no sustituir a Laura Fernández cuando ella se marchó en enero y optó por quedarse sin ese puesto cuyo rol es de vocería con sectores, enlace con la Asamblea Legislativa y coordinación de gabinete. El liderazgo personalista de Chaves asume lo que cree necesario, sólo apoyándose esporádicamente en figuras de confianza, la principal de ellas Pilar Cisneros, la que en agosto presentó a Pueblo Soberano (PPSO) como el vehículo chavista para las elecciones, mientras sostenía un retrato del mandatario para dejar claro al personaje principal y una canción compuesta para la campaña anunciaba que “llegó papá”.

La campaña iniciaba temprano y se apoyaría en los hombros de Chaves, que con su popularidad y sus abundantes llamados electorales propulsa la candidatura de Fernández, consciente de las circunstancias que la llevaron ahí, y quizás de la debilidades. Hasta octubre recogía un apoyo inferior a la mitad de quienes apoyaban a Chaves. Quizás es cuestión de tiempo para que se materialice un endoso o quizás importe un dato que resuena de una encuesta del 2024, que señalaba que 86% de la gente no quiere que Chaves les diga por quién votar. Mientras tanto, el chavismo no se la juega y el mandatario no tiene reparos en llevar la situación al límite de las reglas de beligerancia y salir a decir fuera del país que el TSE también es corrupto (como todos los poderes que lo cuestionan, adversan, controlan o limitan) y que lo quieren derrocar.

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