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Marco Antonio Rodríguez
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“Las mujeres –recatadas y melancólicas mujeres de aquel tiempo– atisban con timidez, tras del visillo, el paso desdeñoso de los coches… Sus tertulias se reducen a comentar el sermón del orador religioso de moda con un fervor que vuelve ardientes sus pupilas”, escribe Raúl Andrade sobre la vida rutinaria y cerrada de las mujeres en el Quito de inicios del siglo XX.
Iglesias y conventos exornados por piedras y maderas talladas por nuestros imagineros indígenas que aprendieron esas artes bajo la férula de la conquista española. Un puñado de casas ventrudas, grávidas de flores en sus balcones de madera y hierro forjado. El aroma de incienso de las iglesias se prolongaba en las calles. Gente madrugadora que iba misa o a hornear el pan nuestro de cada día. Pequeña ciudad que cabía en el cuenco de una mano. Quito en los albores del siglo XX.
Sus calles estrechas eran trayectos propicios por donde merodeaban las leyendas: el Gallo de la Catedral, veleta de bronce que castigaba a los ebrios que rondaban profiriendo palabrotas; o la Bella Aurora, la hermosa joven que vivía en fuga perpetua del toro que la persiguió hasta matarla en la casa que aún lleva el nombre del acosador.
La Revolución Liberal se leudó desde 1985. Con este movimiento se instauraron libertades, luz eléctrica y tranvías, y se consolidó un Estado soberano y laico, alejado del poder eclesial. Emergieron otros actores sociales: clases medias, burguesía agroexportadora, artesanos, campesinado costeño, que forjaron una visión diferente de lo nuestro. Sin embargo, novenarios, procesiones, arrastres de caudas y pases de Niño continuaron convocando a millares de devotos.
Para Alfonso Ortiz, cronista de Quito, la urbe empezó a salir de los prejuicios arcaicos a raíz de la primera serenata quiteña, 1959. “Muchos jóvenes no tenían acceso directo para conocer a otras muchachas –señala–. Es en el decenio de los 60 cuando se permite un contacto más directo entre varones y mujeres”.
Entonces, la serenata quiteña deviene en una especie de ingenuo y apacible “destape” mestizo (a propósito, ¿quiénes son los ‘blancos’ en nuestras tierras?), algo similar al de la vieja España posfranquista, excluyendo el desborde machista y los filmes mediocres que produjeron. Quito tenía 350.000 habitantes y se expandía hacia las colinas y la planicie de Iñaquito, de manera caótica. En cuanto a la serenata quiteña fue perdiendo su encanto y el albazo con el cual se inició la fiesta se desvaneció como un juego pirotécnico. Quito se fragmentó en mil pedazos y su Centro Histórico terminó convertido en un reservorio de desechos.
En los 50 se produjo el éxodo de la “nobleza” criolla: familias que migraron en busca de otros aires, más puros y lejanos de la pobreza y la miseria que comenzaba a esparcirse por la ciudad. Mutación de una identidad en ciernes a apropiación de otra, importada y postiza, made in USA.
Ingresar a los valles y deambular por sus guetos exclusivos –que avanzan, a paso de vencedores, hacia territorios cada vez más cerrados– es ingresar a otros mundos. A mayor riqueza, mayor ostentación: la consigna tácita de esas nuevas clases –extranjeras de sí mismas–. Según algunos estudios, en Quito estos espacios se han erigido en verdaderos monumentos al gregarismo y, en la actualidad, al pavor provocado por la irrupción del violentismo asociado al crimen organizado.
Una grosera opulencia hace alarde de automóviles de lo más exóticos: Ferrari, Porsche, Rolls-Royce, Jaguar, Lamborghini… Mientras tanto, según recientes censos, el número de mujeres “habitantes de calle” ha duplicado al de los hombres. Allí están hacinados –ellas y ellos– bajo el vértigo helado de las noches en los rincones más insólitos de Quito, cubiertos por el infierno que obra el miedo de amanecer con vida.
En todo caso, cualquier proyecto que procure el progreso deberá respetar los fundamentos que consagran a Quito como un genuino patrimonio de la humanidad: razones y trazos de su raíz indígena y española, confluencia indudable de la que nace el caudaloso tesoro artístico de nuestra ciudad. El diálogo entre su neoclasicismo y su barroquismo, junto con esa incomparable riqueza ambiental, la revelan como un emporio singular, muy distinto a cualquier otra urbe.
Quito no tiene estaciones y, quizás por este extraño sortilegio, cada día, en cualquier instante, la ciudad se revela orgullosa con signos nuevos. Algún tramo no contemplado la víspera, el súbito develamiento de un detalle esculpido por un haz de luz, la estampa de una memoria antigua, brumosa y a la vez renovada.
¿Quito es una ciudad inusualmente original –siempre reciente– con paisajes únicos, lavados por una lluvia imprevista, o una ciudad vacía y vaciada, una ciudad para mal morir, al borde de convertirse en un colosal tugurio? ¿A alguien le importa?
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Iglesias y conventos exornados por piedras y maderas talladas por nuestros imagineros indígenas que aprendieron esas artes bajo la férula de la conquista española. Un puñado de casas ventrudas, grávidas de flores en sus balcones de madera y hierro forjado. El aroma de incienso de las iglesias se prolongaba en las calles. Gente madrugadora que iba misa o a hornear el pan nuestro de cada día. Pequeña ciudad que cabía en el cuenco de una mano. Quito en los albores del siglo XX.
Sus calles estrechas eran trayectos propicios por donde merodeaban las leyendas: el Gallo de la Catedral, veleta de bronce que castigaba a los ebrios que rondaban profiriendo palabrotas; o la Bella Aurora, la hermosa joven que vivía en fuga perpetua del toro que la persiguió hasta matarla en la casa que aún lleva el nombre del acosador.
La Revolución Liberal se leudó desde 1985. Con este movimiento se instauraron libertades, luz eléctrica y tranvías, y se consolidó un Estado soberano y laico, alejado del poder eclesial. Emergieron otros actores sociales: clases medias, burguesía agroexportadora, artesanos, campesinado costeño, que forjaron una visión diferente de lo nuestro. Sin embargo, novenarios, procesiones, arrastres de caudas y pases de Niño continuaron convocando a millares de devotos.
Quito, entre ruinas de su propia memoria
Para Alfonso Ortiz, cronista de Quito, la urbe empezó a salir de los prejuicios arcaicos a raíz de la primera serenata quiteña, 1959. “Muchos jóvenes no tenían acceso directo para conocer a otras muchachas –señala–. Es en el decenio de los 60 cuando se permite un contacto más directo entre varones y mujeres”.
Entonces, la serenata quiteña deviene en una especie de ingenuo y apacible “destape” mestizo (a propósito, ¿quiénes son los ‘blancos’ en nuestras tierras?), algo similar al de la vieja España posfranquista, excluyendo el desborde machista y los filmes mediocres que produjeron. Quito tenía 350.000 habitantes y se expandía hacia las colinas y la planicie de Iñaquito, de manera caótica. En cuanto a la serenata quiteña fue perdiendo su encanto y el albazo con el cual se inició la fiesta se desvaneció como un juego pirotécnico. Quito se fragmentó en mil pedazos y su Centro Histórico terminó convertido en un reservorio de desechos.
En los 50 se produjo el éxodo de la “nobleza” criolla: familias que migraron en busca de otros aires, más puros y lejanos de la pobreza y la miseria que comenzaba a esparcirse por la ciudad. Mutación de una identidad en ciernes a apropiación de otra, importada y postiza, made in USA.
Ingresar a los valles y deambular por sus guetos exclusivos –que avanzan, a paso de vencedores, hacia territorios cada vez más cerrados– es ingresar a otros mundos. A mayor riqueza, mayor ostentación: la consigna tácita de esas nuevas clases –extranjeras de sí mismas–. Según algunos estudios, en Quito estos espacios se han erigido en verdaderos monumentos al gregarismo y, en la actualidad, al pavor provocado por la irrupción del violentismo asociado al crimen organizado.
Una grosera opulencia hace alarde de automóviles de lo más exóticos: Ferrari, Porsche, Rolls-Royce, Jaguar, Lamborghini… Mientras tanto, según recientes censos, el número de mujeres “habitantes de calle” ha duplicado al de los hombres. Allí están hacinados –ellas y ellos– bajo el vértigo helado de las noches en los rincones más insólitos de Quito, cubiertos por el infierno que obra el miedo de amanecer con vida.
En todo caso, cualquier proyecto que procure el progreso deberá respetar los fundamentos que consagran a Quito como un genuino patrimonio de la humanidad: razones y trazos de su raíz indígena y española, confluencia indudable de la que nace el caudaloso tesoro artístico de nuestra ciudad. El diálogo entre su neoclasicismo y su barroquismo, junto con esa incomparable riqueza ambiental, la revelan como un emporio singular, muy distinto a cualquier otra urbe.
Quito no tiene estaciones y, quizás por este extraño sortilegio, cada día, en cualquier instante, la ciudad se revela orgullosa con signos nuevos. Algún tramo no contemplado la víspera, el súbito develamiento de un detalle esculpido por un haz de luz, la estampa de una memoria antigua, brumosa y a la vez renovada.
¿Quito es una ciudad inusualmente original –siempre reciente– con paisajes únicos, lavados por una lluvia imprevista, o una ciudad vacía y vaciada, una ciudad para mal morir, al borde de convertirse en un colosal tugurio? ¿A alguien le importa?
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