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Jorge R. Imbaquingo
Guest
En diplomacia, los matices importan. Y ahora el matiz es decisivo: Donald Trump y Volodimir Zelenski se reunieron en Florida. El hecho redefine el momento político que atraviesa la guerra entre Rusia y Ucrania. Trump llegó a este punto tras haber hablado con Vladímir Putin, una conversación que él mismo calificó como “productiva” y en la que percibió seriedad para avanzar hacia un acuerdo.
Pero la seriedad rusa vino acompañada de condiciones. No hay ceses al fuego gratuitos en este tablero: Moscú exige definiciones territoriales, garantías políticas y un marco que le permita salir del conflicto sin una derrota explícita. Esa es la realidad con la que el mundo debe lidiar.
La reunión en Mar-a-Lago confirmó que el camino hacia la paz no será lineal. Trump habló de avances, pero también de fragilidad. Reconoció que el acuerdo puede fracasar, que los temas espinosos siguen abiertos y que no existe un calendario. Esa advertencia, lejos de desalentar, aporta una dosis de honestidad poco frecuente en escenarios bélicos prolongados.
Zelenski, por su parte, mantuvo una postura firme pero no cerrada. El tema territorial —especialmente el futuro del Donbás— sigue siendo el nudo más sensible. El presidente ucraniano dejó claro que cualquier definición deberá pasar por mecanismos de legitimación interna: referéndum, Parlamento o ambas vías. No se trata solo de firmar la paz, sino de que esa paz sea aceptable para una sociedad golpeada por años de guerra.
Aquí emerge una clave central: por primera vez en mucho tiempo, las posiciones no se gritan desde trincheras separadas, sino que se exponen en una mesa común. Estados Unidos, Ucrania y Europa continuarán dialogando en las próximas semanas. Trump volverá a hablar con Putin. Rusia deberá, eventualmente, firmar lo acordado. Nada está garantizado, pero el proceso está en marcha.
La esperanza, en este contexto, no es una emoción ingenua ni un recurso retórico. Es una decisión política. Persistir en el diálogo cuando el acuerdo puede romperse es, paradójicamente, una señal de madurez estratégica. Negociar sin plazos es aceptar que la paz no se impone: se construye.
Mientras los misiles aún caen y la desconfianza sigue intacta, el simple hecho de que los principales actores estén hablando, con condiciones claras, con dudas explícitas y sin triunfalismos, marca un punto de inflexión. No es el final de la guerra. Pero podría ser el inicio del final.
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Pero la seriedad rusa vino acompañada de condiciones. No hay ceses al fuego gratuitos en este tablero: Moscú exige definiciones territoriales, garantías políticas y un marco que le permita salir del conflicto sin una derrota explícita. Esa es la realidad con la que el mundo debe lidiar.
‘Persistir en el diálogo cuando el acuerdo puede romperse es, paradójicamente, una señal de madurez estratégica. Negociar sin plazos es aceptar que la paz no se impone: se construye’.
La reunión en Mar-a-Lago confirmó que el camino hacia la paz no será lineal. Trump habló de avances, pero también de fragilidad. Reconoció que el acuerdo puede fracasar, que los temas espinosos siguen abiertos y que no existe un calendario. Esa advertencia, lejos de desalentar, aporta una dosis de honestidad poco frecuente en escenarios bélicos prolongados.
Zelenski, por su parte, mantuvo una postura firme pero no cerrada. El tema territorial —especialmente el futuro del Donbás— sigue siendo el nudo más sensible. El presidente ucraniano dejó claro que cualquier definición deberá pasar por mecanismos de legitimación interna: referéndum, Parlamento o ambas vías. No se trata solo de firmar la paz, sino de que esa paz sea aceptable para una sociedad golpeada por años de guerra.
Aquí emerge una clave central: por primera vez en mucho tiempo, las posiciones no se gritan desde trincheras separadas, sino que se exponen en una mesa común. Estados Unidos, Ucrania y Europa continuarán dialogando en las próximas semanas. Trump volverá a hablar con Putin. Rusia deberá, eventualmente, firmar lo acordado. Nada está garantizado, pero el proceso está en marcha.
La esperanza, en este contexto, no es una emoción ingenua ni un recurso retórico. Es una decisión política. Persistir en el diálogo cuando el acuerdo puede romperse es, paradójicamente, una señal de madurez estratégica. Negociar sin plazos es aceptar que la paz no se impone: se construye.
Mientras los misiles aún caen y la desconfianza sigue intacta, el simple hecho de que los principales actores estén hablando, con condiciones claras, con dudas explícitas y sin triunfalismos, marca un punto de inflexión. No es el final de la guerra. Pero podría ser el inicio del final.
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