¿La posreligión?

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Fausto Segovia Baus

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Las crisis globales -climática, financiera, política y social- tienen ahora un nuevo factor de preocupación: la poco debatida situación de las religiones en el mundo, y sus liderazgos para identificar las causas de los conflictos, aplacar las injusticias, la búsqueda de sentido, y las salidas humanitarias y espirituales, no solo para las personas sino también para las instituciones.

La crisis de los Estados que se observa en todas las regiones del planeta, tiene como contrapartida otra crisis más profunda: la de las Iglesias y todas las creencias,
aisladas en sus cultos, espectadoras, pasivas y no participantes activas.

Las razones son complejas porque las religiones forman parte de las culturas, que yacen ahora articuladas a procesos mediáticos donde las tecnologías y las economías cumplen papeles inéditos que, virtualmente, han desacralizado a las sociedades. Las tendencias se perciben de manera paulatina, cuando sentimos el paso lento pero persistente de modelos de feligresía, antes militantes y mayoritarias, a modelos de ciudadanía indiferente, con percepciones personales o grupales.

La secularización -tantas veces denostada- está en marcha, mientras las Iglesias mantienen sus estructuras incólumes y rígidas, encerradas en sus espacios teológicos, lenguajes tradicionales y claustros, en tanto, en el mundo profano se han instalado el espectáculo, la diversión y el mercado. La fe religiosa de antaño ha migrado a otros lenguajes y comportamientos: la fidelización a las marcas, atributos de pensamientos mercantiles, donde las modas varían no solo en cada estación, sino por obra y desgracia de un factor casi inevitable: la competencia.

Estos cambios son irrefrenables y operan sin que nos demos cuenta. Las reacciones son variopintas: algunas personas consideran que la razón de esta crisis está en las formas (los rituales, las prácticas y las actividades cotidianas que repiten, sin cansancio, los calendarios litúrgicos); otras van más lejos: perciben problemas de fondo (en la filosofía que ha caído en desuso por la arremetida de las tecnologías, y la falta de estrategias de las Iglesias para “captar” o recuperar a los agnósticos, que se han distanciado por prejuicios, motivos e intereses individuales).

El saldo es la anomia, es decir, el asedio de la libertad de pensamiento -es un punto positivo-, unido a la ausencia de acuerdos o convenciones -otrora aceptadas con resignación- en una sociedad diferente, donde las creencias tienen una escala baja, y a veces matizan su irrespeto o degradación que, en casos, no pueden evitar la trasgresión o la intolerancia.

La primera consecuencia de este proceso es la indiferencia, que disfraza actitudes poco disimuladas; la segunda es la confrontación frente a los dogmas, cuando se reconoce la existencia de verdades -y otras éticas- y no la de una verdad absoluta; y, la propuesta de nuevas opciones y conexiones relacionadas con la meditación, el uso de tecnologías aplicadas a la salud mental y emocional, y a la búsqueda de saberes y prácticas de auto ayuda.

En esta última trama se ubica la denominada posreligión o posteísmo, que cuenta con millones de adherentes
, quienes han construido o deconstruido sus propias creencias, sus propios paisajes espirituales con sistemas híbridos, y afirmando comportamientos bajo parámetros diferentes a los tradicionales.

Los filósofos -que quedan pocos- advierten nuevos renacimientos espirituales, libres de dogmas y vinculados a religiones laicas articuladas a los derechos humanos.

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