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Mauricio Diaz
Guest
Si una ciudad cuenta con una plaza, ¡ya tiene el lugar donde comenzó a construir su memoria!
Las ciudades que vemos en las postales nos cuentan hoy dos historias. La primera se refiere a lo que ocurrió con aquellos lugares abiertos a la experiencia ciudadana: espacios donde, en tiempos pasados, la población se reunía a través del paseo, las caminatas o los encuentros espontáneos. Incluso en las grandes metrópolis, esos escenarios permitieron construir espacios de expresión colectiva y dar forma a una parte esencial de la memoria social.
La segunda historia habla de la ciudad contemporánea. La urbe que avanza hacia su transformación en metrópolis del presente parece apostar por nuevos planes y proyectos para el encuentro y las actividades recreativas. Sin embargo, resulta paradójico que, en muchos casos, esas grandes avenidas que podrían propiciar una vida urbana dinámica se conviertan —por las exigencias del estilo de vida actual— en simples corredores de tránsito forzado.
La experiencia histórica muestra que muchas ciudades, especialmente en países desarrollados, han dejado de lado el diseño de espacios de concentración ciudadana o los han reducido a meras vías de circulación. Esta omisión ha llevado a que los encuentros sociales se desplacen hacia espacios cerrados.
No obstante, cuando llega el momento de recuperar costumbres y tradiciones, las calles de la ciudad antigua vuelven a ser concurridas. Se reactivan allí las prácticas móviles del pasado, como los bailes y celebraciones callejeras. La memoria, al parecer, no olvida aquellos lugares que resguardan la esencia histórica de las sociedades, particularmente en lo que respecta a sus prácticas expresivas.
Así, aunque ciertos proyectos urbanos busquen borrar las huellas del pasado, la población regresa a esos espacios para reavivar su memoria cultural. Esto confirma lo que Marco Polo sugería al describir ciudades con o sin memoria: incluso en medio de la modernidad, las historias propias renacen. Leonia, una de sus ciudades imaginadas, es el ejemplo claro: se rehace a sí misma cada día y, en ese acto, construye una identidad múltiple, diversa e inagotable. Algo similar ocurre con las ciudades reales cuando son apropiadas por sus habitantes.
En estas nuevas y relucientes urbes, donde a veces escasean los espacios concebidos para el disfrute colectivo, los simples recorridos comienzan a adquirir sentido. Empero, en la vida intensa y productiva de hoy, los espacios destinados al gozo ciudadano parecen diluirse.
Las plazas de antaño sobreviven muchas veces como piezas de museo urbano: preservadas, silenciosas, casi abandonadas. Ese silencio dice mucho sobre la vida contemporánea. Como afirmaba Marco Polo, incluso en una banca olvidada —donde alguien decide sentarse— continúa escribiéndose la historia de una sociedad. Esos sitios silenciosos guardan una memoria rica y diversa de quienes los habitaron.
Por eso, las ciudades con vida urbana intensa siguen multiplicando su repertorio de imágenes: aunque el deterioro esté presente, la exuberancia de sus relatos no desaparece fácilmente.
Hoy, muchas ciudades conviven simultáneamente con su pasado y su presente. Allí, se cuenta con dos ciudades distintas —como bien dicen los pensadores urbanos— que se miran constantemente pero no se aman.
¡Si una ciudad cuenta con una plaza, ya tiene el lugar donde comenzó a construirse su memoria!
Las ciudades de las postales nos relatan dos cosas, primero, lo que sucedió abiertos y libres a la experiencia ciudadana. Allí, donde se concentraba la ciudadanía esencialmente en tiempos pasados. Lugares donde se concentraba la población a través del paseo, caminatas, donde se buscaba al encuentro entre la gente conocida o en su caso donde se mostraban expresiones ciudadanas. De esa manera ese espacio para todos fue el centro del relato, el intercambio de ideas, o sencillamente fue el sitio que logró construir parte de la memoria de esa sociedad.
Hoy, sin embargo, la nueva ciudad, la que busca convertirse en la Metrópolis del presente y del mañana pareciera contar con nuevos planes y proyectos donde el encuentro y las actividades recreativas elementales del reposo están siendo olvidadas.
Lo singular es que algunos ejemplos nos muestran que la vida dinámica de la población, las está convirtiendo en los lugares de tránsito forzado.
Ciudades que con el tiempo —especialmente en países desarrollados—, esta omisión ha llevado a que hoy ya tratan de recuperar ciertas costumbres y tradiciones las cuales las desarrollan en tareas móviles en los distintos barrios de esas grandes metrópolis.
Por tanto, el espacio de la memoria pareciera olvidar a los lugares que relatan la esencia de la historia del pasado y presente de sus sociedades, esencialmente de la gente de la tercera edad.
Una realidad que pareciera buscar borrar las huellas de una ciudad y lo lamentable hoy los lugares de esparcimiento fabricado parecieran mostrarse algo artificiales.
Lo singular es que los espacios de construcción contemporáneos, ya fueron descritos por Marco Polo como esas ciudades con o sin memoria. Y lo interesante es que en cada una de primeras hicieron, nacer sus historias propias. Uno de esos ejemplos es como Leonia en su escrito se rehace a si misma. Y de eso se tratan las ciudades que son apropiadas por su población. Así como Leonia se reinventaba diariamente, así mismo lograba darle una identidad múltiple y diversa a su ciudad. Y con ello las infinitas imágenes de la vida urbana de las mismas.
Y con ello lleva a pensar que en esas nuevas y bellas ciudades donde poco se muestra el espacio pensado para el gozo de la población, comienzan a dar a los espacios de recorrido ciertos pequeños lugares de encuentro.
Ciudades donde hoy la vida intensa y las necesidades de gran producción de los haceres de su población, se están olvidando de los espacios para el gozo ciudadano.
Es evidente que las plazas del ayer son conservadas porque son parte de la historia de cada una de las ciudades, pero no fueron concebidas solo para que se sienten los ancianos a disfrutar la paz impuesta por el abandono y silencio que tienen sus vidas.
Marco Polo afirmaba desde ese tiempo, que ahí donde se sienta una persona en una banca olvidada, se sigue construyendo la historia de una sociedad, la cual olvida posiblemente a los habitantes del ayer; sin embargo, esos lugares hoy del silencio, conservan una memoria rica y diversa de las expresiones de la población y su sociedad.
A pesar de ello, las ciudades con vida ciudadana continúan multiplicando su repertorio de imágenes, las cuales relatan que los deterioros están presentes, pero la exhuberancia de sus relatos no fácilmente desaparecerán.
Hoy, las ciudades conviven con su historia. Las dos ciudades, la del pasado y del presente no son iguales, porque la historia no es simétrica. Sin embargo, se miran constantemente pero no se aman, escriben los pensadores de las ciudades.
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Las ciudades que vemos en las postales nos cuentan hoy dos historias. La primera se refiere a lo que ocurrió con aquellos lugares abiertos a la experiencia ciudadana: espacios donde, en tiempos pasados, la población se reunía a través del paseo, las caminatas o los encuentros espontáneos. Incluso en las grandes metrópolis, esos escenarios permitieron construir espacios de expresión colectiva y dar forma a una parte esencial de la memoria social.
La segunda historia habla de la ciudad contemporánea. La urbe que avanza hacia su transformación en metrópolis del presente parece apostar por nuevos planes y proyectos para el encuentro y las actividades recreativas. Sin embargo, resulta paradójico que, en muchos casos, esas grandes avenidas que podrían propiciar una vida urbana dinámica se conviertan —por las exigencias del estilo de vida actual— en simples corredores de tránsito forzado.
La experiencia histórica muestra que muchas ciudades, especialmente en países desarrollados, han dejado de lado el diseño de espacios de concentración ciudadana o los han reducido a meras vías de circulación. Esta omisión ha llevado a que los encuentros sociales se desplacen hacia espacios cerrados.
No obstante, cuando llega el momento de recuperar costumbres y tradiciones, las calles de la ciudad antigua vuelven a ser concurridas. Se reactivan allí las prácticas móviles del pasado, como los bailes y celebraciones callejeras. La memoria, al parecer, no olvida aquellos lugares que resguardan la esencia histórica de las sociedades, particularmente en lo que respecta a sus prácticas expresivas.
Así, aunque ciertos proyectos urbanos busquen borrar las huellas del pasado, la población regresa a esos espacios para reavivar su memoria cultural. Esto confirma lo que Marco Polo sugería al describir ciudades con o sin memoria: incluso en medio de la modernidad, las historias propias renacen. Leonia, una de sus ciudades imaginadas, es el ejemplo claro: se rehace a sí misma cada día y, en ese acto, construye una identidad múltiple, diversa e inagotable. Algo similar ocurre con las ciudades reales cuando son apropiadas por sus habitantes.
En estas nuevas y relucientes urbes, donde a veces escasean los espacios concebidos para el disfrute colectivo, los simples recorridos comienzan a adquirir sentido. Empero, en la vida intensa y productiva de hoy, los espacios destinados al gozo ciudadano parecen diluirse.
Las plazas de antaño sobreviven muchas veces como piezas de museo urbano: preservadas, silenciosas, casi abandonadas. Ese silencio dice mucho sobre la vida contemporánea. Como afirmaba Marco Polo, incluso en una banca olvidada —donde alguien decide sentarse— continúa escribiéndose la historia de una sociedad. Esos sitios silenciosos guardan una memoria rica y diversa de quienes los habitaron.
Por eso, las ciudades con vida urbana intensa siguen multiplicando su repertorio de imágenes: aunque el deterioro esté presente, la exuberancia de sus relatos no desaparece fácilmente.
Hoy, muchas ciudades conviven simultáneamente con su pasado y su presente. Allí, se cuenta con dos ciudades distintas —como bien dicen los pensadores urbanos— que se miran constantemente pero no se aman.
¡Si una ciudad cuenta con una plaza, ya tiene el lugar donde comenzó a construirse su memoria!
Las ciudades de las postales nos relatan dos cosas, primero, lo que sucedió abiertos y libres a la experiencia ciudadana. Allí, donde se concentraba la ciudadanía esencialmente en tiempos pasados. Lugares donde se concentraba la población a través del paseo, caminatas, donde se buscaba al encuentro entre la gente conocida o en su caso donde se mostraban expresiones ciudadanas. De esa manera ese espacio para todos fue el centro del relato, el intercambio de ideas, o sencillamente fue el sitio que logró construir parte de la memoria de esa sociedad.
Hoy, sin embargo, la nueva ciudad, la que busca convertirse en la Metrópolis del presente y del mañana pareciera contar con nuevos planes y proyectos donde el encuentro y las actividades recreativas elementales del reposo están siendo olvidadas.
Lo singular es que algunos ejemplos nos muestran que la vida dinámica de la población, las está convirtiendo en los lugares de tránsito forzado.
Ciudades que con el tiempo —especialmente en países desarrollados—, esta omisión ha llevado a que hoy ya tratan de recuperar ciertas costumbres y tradiciones las cuales las desarrollan en tareas móviles en los distintos barrios de esas grandes metrópolis.
Por tanto, el espacio de la memoria pareciera olvidar a los lugares que relatan la esencia de la historia del pasado y presente de sus sociedades, esencialmente de la gente de la tercera edad.
Una realidad que pareciera buscar borrar las huellas de una ciudad y lo lamentable hoy los lugares de esparcimiento fabricado parecieran mostrarse algo artificiales.
Lo singular es que los espacios de construcción contemporáneos, ya fueron descritos por Marco Polo como esas ciudades con o sin memoria. Y lo interesante es que en cada una de primeras hicieron, nacer sus historias propias. Uno de esos ejemplos es como Leonia en su escrito se rehace a si misma. Y de eso se tratan las ciudades que son apropiadas por su población. Así como Leonia se reinventaba diariamente, así mismo lograba darle una identidad múltiple y diversa a su ciudad. Y con ello las infinitas imágenes de la vida urbana de las mismas.
Y con ello lleva a pensar que en esas nuevas y bellas ciudades donde poco se muestra el espacio pensado para el gozo de la población, comienzan a dar a los espacios de recorrido ciertos pequeños lugares de encuentro.
Ciudades donde hoy la vida intensa y las necesidades de gran producción de los haceres de su población, se están olvidando de los espacios para el gozo ciudadano.
Es evidente que las plazas del ayer son conservadas porque son parte de la historia de cada una de las ciudades, pero no fueron concebidas solo para que se sienten los ancianos a disfrutar la paz impuesta por el abandono y silencio que tienen sus vidas.
Marco Polo afirmaba desde ese tiempo, que ahí donde se sienta una persona en una banca olvidada, se sigue construyendo la historia de una sociedad, la cual olvida posiblemente a los habitantes del ayer; sin embargo, esos lugares hoy del silencio, conservan una memoria rica y diversa de las expresiones de la población y su sociedad.
A pesar de ello, las ciudades con vida ciudadana continúan multiplicando su repertorio de imágenes, las cuales relatan que los deterioros están presentes, pero la exhuberancia de sus relatos no fácilmente desaparecerán.
Hoy, las ciudades conviven con su historia. Las dos ciudades, la del pasado y del presente no son iguales, porque la historia no es simétrica. Sin embargo, se miran constantemente pero no se aman, escriben los pensadores de las ciudades.
Patricia Vargas
es arquitecta.
es arquitecta.
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